lunes, 9 de marzo de 2015

Yo... me acuso. Capítulo IV.

Anteriormente en "Yo... me acuso". Pincha aquí.  

A pesar de las secuelas psicológicas que aún presentaba (me cuesta pensar que fuese yo la única persona en tales condiciones por  culpa de la experiencia vivida) traté de pasar página a todo lo ocurrido. Esperaba que poco a poco cicatrizasen las heridas, aunque las del alma son  muy complicadas de curar, y volver a tener la vida de siempre. Era evidente que nunca sería exactamente igual, pero al menos parecida. Comencé a retomar mis hábitos, entre ellos, volver los sábados al mercado a hacer la compra semanal de frutas y verduras. Hacía varios meses que no lo visitaba  y ojalá no lo hubiese hecho nunca más.

El segundo sábado que bajé a hacer la compra, cuando volvía hacia el parking cargado de bolsas y entretenido con mis pensamientos, me encontré de frente, saliendo del baño y secándose las manos, al tipo del colegio. Quedé petrificado, él ni siquiera se percató de mi presencia, iba con prisas en dirección a una zona  que yo  no solía visitar. Cuando lo perdí de vista y recobré la respiración, mi primera intención fue seguirlo, pero me entró un ataque de pánico, el primero que había experimentado en mi vida, corrí como loco hacia el coche, lancé las bolsas sin cuidado sobre el asiento trasero desparramando todo su contenido y regresé a casa.

Cuando aparqué el coche,  me di cuenta  de que no recordaba absolutamente nada de lo que había sucedido desde que perdí de vista a aquel tipo en el mercado hasta que apagué el motor. No sé cómo conseguí llegar a casa, tuve la suerte de  que era temprano y había poco tráfico o quizás un punto de consciencia me condujo en mi camino de vuelta. Solo sé que tenía un dolor de cabeza insoportable y sentía un intenso olor a quemado. Doblé la medicación que me correspondía en  aquel tiempo y pasé el resto del día durmiendo.

La mañana siguiente, el domingo, me encontraba  completamente recuperado. Comencé a recordar, aunque a disgusto, todo lo que había sucedido. Mi peor enemigo fue la sorpresa, que me bloqueó, pero ahora me encontraba en buenas condiciones para reflexionar. Jamás había hablado con nadie de este hombre, ni siquiera en casa, porque pensaba que a fin de cuentas no tenía relación con la historia. Pero debe ser que algo en mi interior no estaba completamente de acuerdo con esa percepción y fue lo que me bloqueó apenas lo vi. Pensando fríamente, no había motivo alguno para relacionarlo con las desapariciones. Llegué casi a convencerme de  que la tensión, los medicamentos y otras muchas cosas me estaban volviendo paranoico y posiblemente estaba exagerando en mis percepciones. Pero por otro lado, había algo dentro de mí que me decía lo contrario.

Al final, después de mucho reflexionar, llegué a la conclusión de que se trataría de un inmigrante como otros muchos que se habían trasladado a las islas en busca de una vida mejor. Seguramente sería un honrado padre de familia (las dos niñas eran la prueba evidente de ello) que habría encontrado un trabajo empleado en cualquier puesto del mercado. Además, iba vestido como otros muchos vendedores: pantalones y camiseta blanca, una especie de delantal también blanco y un gorro del mismo color. Así que me propuse no volver a pensar en él y lo aparentemente  lo conseguí.

El sábado siguiente regresé al mercado. Solía ser muy metódico y solo visitaba dos o tres puestos como máximo, dependiendo de lo que fuese a comprar. Durante más  treinta años he hecho lo mismo semanalmente, prácticamente sin cambiar de ruta, por eso hay muchos rincones que apenas he transitado. Sin embargo, al pasar por los baños volvió con fuerza la imagen del extranjero; me tranquilicé pensando que aquella zona de puestos a la que se dirigió la semana anterior, no la visitaba desde hacía años, por lo que posiblemente, aunque llevase mucho tiempo trabajando aquí, nunca lo había visto.  

Estaba a punto de subir por las escaleras mecánicas para iniciar mis compras cuando la curiosidad me pudo y sin darme cuenta me vi siguiendo el camino por el que perdí de vista al extranjero, sin saber por qué  o para qué. Al torcer, me encontré con un pasillo relativamente ancho, lleno de puestos de todo tipo y al fondo uno en el que se agolpaba una gran cantidad de personas. Y allí, tras el mostrador, a más altura que los clientes, como un director de orquesta, despachando a toda velocidad, se encontraba el extranjero. Me sorprendió sobre todo la numerosa clientela que esperaba ser atendida. Era relativamente temprano y casi todos los negocios del mercado  se encontraban completamente vacíos.

Había algo extraño en la escena, no sabía qué, y me acerqué a uno de los puestos cercanos. La dueña era una anciana, la conocía de vista desde hacía muchos años; antes vendía en otra zona y le compraba de vez en cuando. Cuando se produjo la remodelación general del mercado la trasladaron a este puesto, mucho más cómodo y amplio, pero con menos clientes potenciales, debido a su ubicación. La saludé, le pedí algo de fruta y disimuladamente, mientras me despachaba,  le pregunté por aquel negocio del fondo.

Me contó brevemente, pero con todo tipo de detalles, la historia y milagros del puesto y su propietario. Hacía poco más de un año que se lo había traspasado a su antiguo dueño. Toda la vida había se había dedicado a los salazones (jareas, bacalao, tollos, etc.) pero con poca venta debido a su ubicación. Solamente acudían a él los clientes de siempre, quizás por eso lo consiguió bastante barato. Al  nuevo dueño lo llaman “el ruso”, porque era oriundo “de aquellos países”. Apenas realizado el traspaso había puesto una carnicería en la que vendía todo tipo de productos y según palabras textuales “se estaba haciendo rico”.

Todo ello se debía a que de vez en cuando, sin tan siquiera anunciarlo, ponía a la venta  una carne muy especial que le mandaban de su país y la vendía a un  precio que muy poca gente se podía permitir pagar. Se comentaba que  ésta era tan especial que quien la probaba, no deseaba otra cosa que  repetir y estaba dispuesto a pagar lo que fuese. El problema era que no avisaba cuando se la suministraban y se acababa en poco tiempo, porque no le enviaban  mucha, por problemas de aduana o algo por el estilo.  Así que la gente se acercaba día sí y día no por si hubiese llegado.

Me confesó que siempre y a todas horas  tenía clientes que se acercaban, por lo general,  a preguntar por esa carne y aunque no hubiese llegado, aprovechaban para llevarse algún producto ya que se encontraban allí. Así que en esas condiciones debía de estar haciéndose rico, dicho esto con cierto tono de envidia o resquemor. No obstante, también me comentó que los propietarios de puestos del pasillo, entre los que se incluía, se sentían en cierto modo beneficiados. Desde que se había instalado la carnicería ese trasiego de gente había incrementado sensiblemente la clientela en una zona del mercado muy mal ubicada.

Me parecieron unos comentarios de lo más normal y después de pagar y  saludar con un “hasta luego” me dirigí a las escaleras mecánicas dispuesto a continuar con mis compras. Cuando pasaba por uno de los puestos de flores dirigí mi mirada hacia varios cubos de rosas rojas que se exponían. Tenían un brillo particular aquel día; sin pensarlo dos  veces cogí el móvil y las enfoqué dispuesto a tomar una foto. El brillo del rojo en la pantalla resultaba espectacular y justo cuando iba a tomar la instantánea, mi cerebro superpuso  en el objetivo la imagen del “ruso” con su delantal lleno de manchas rojas; de ese  momento solo recuerdo un vacío enorme en el estómago, una sensación de náuseas indescriptible y la perdida de la conciencia.

Cuando desperté,  me encontré rodeado por las vendedoras de flores y otras personas que se habían acercado para ver que sucedía. No me permitieron levantarme porque esperaban a una ambulancia  que estaba a punto de llegar. En cualquier caso, estaba tan aturdido que era incapaz de ponerme en pie. Sentía la sucesión de continuos escalofríos que recorrían mi cuerpo de pies a cabeza. En  unos instantes me vi sometido a un temblor intenso de todo mi cuerpo, tan fuerte, que casi me impedía hablar con fluidez, a pesar de que mi mente se iba aclarando poco a poco. Los enfermeros no detectaron daños físicos de importancia, excepto una pequeña erosión en la cabeza producto de la caída. No obstante, me recomendaron no conducir por el momento. Así que llamé a casa para que me recogiesen.

Durante el camino de vuelta fui incapaz de recordar nada de lo sucedido. Mi mente quedó en blanco durante todo el fin de semana. Pasé la mayor parte del tiempo durmiendo, un sueño profundo y reparador que me permitió afrontar la semana laboral en buen estado.

Pero esta sensación de calma duró muy poco, pasados unos días comenzaron las pesadillas: el “ruso” en su mostrador con dos enormes cuchillos en las manos y decenas de niños y niñas, muchos de ellos conocidos, que se dirigían a su puesto. Yo los observaba desde muy cerca, pero algo me impedía avisarles, no me veían, simplemente se dirigían a la carnicería confiados, como hipnotizados. Y de fondo, siempre, la melodía georgiana. 

En poco tiempo se reanudaron las desapariciones, la apatía y la sinrazón. Esta es la parte de mi relato que más me avergüenza, porque yo era posiblemente la única persona que conocía el secreto del “ruso”. Me vi arrastrado sin quererlo a su juego. Cada vez que se comunicaba alguna desaparición, al siguiente día, me las ingeniaba para acudir temprano al mercado y observar desde no muy lejos, con una curiosidad morbosa e insana, a todas aquellas personas que esperaban delante del mostrador de aquel individuo perverso que los había convertido en caníbales.

Me los imaginaba preparando la pequeña cantidad de carne adquirida a un precio exorbitante para consumirla como una “delicatessen”  o incluso compartirla con sus familias. Pensaba cómo reaccionarían si supiesen que en alguno de aquellos festines estaban consumiendo una parte de alguien próximo, vecino, conocido o incluso  familiar.

Al poco tiempo se interrumpieron estas visitas al mercado, porque el sentimiento de culpa y remordimiento se intensificaron de tan manera que me condujeron irremediablemente a la situación en la que me encuentro. Ya no hay remedio y perdón posible. No sé ni me interesa si han proseguido las desapariciones. Ahora solo tengo un objetivo: escapar a mis pesadillas.


Il barone Lamberto ©


1 comentario:

  1. Qué buena idea la de recoger todos esos inquietantes casos y reunirlos en un solo corpus episódico.

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