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La vida,
no obstante, transcurría con normalidad; acudía al colegio con mucho esfuerzo,
pero como siempre al pie del cañón, aunque mi carácter cambió por completo.
Evitaba las bromas, el trato con compañeros, incluso con los padres. Pasaba
solo la mayor parte del tiempo, en mis pensamientos y con una profunda
preocupación de que algo pudiera ocurrirle a cualquier alumno del centro.
Aunque no observaba ningún signo de preocupación ni en sus padres ni en el
resto de los profesores, tenía el convencimiento de que las horas que
pasaban allí estaban a salvo y eso me confortaba. Confiaba también en que las
desapariciones jamás llegasen a Santa Cruz, y creo que en cierto modo,
los padres también pensaban lo mismo, porque no advertí ningún tipo de cambios
a la hora de la recogida de los niños y niñas y tampoco se propusieron medidas
especiales por parte del equipo directivo.
Cuando
digo que la vida transcurría con normalidad hablo en sentido literal. Las
fiestas se sucedían como ocurría habitualmente: día del Maestro, Navidad,
Carnaval, Semana Santa… nada había cambiado en la ciudad, ni en nuestra vida
cotidiana, mientras las desapariciones se sucedían en distintos lugares de la
isla. Yo llegué a habituarme, quizás como consecuencia del tratamiento, y
retomé mis viajes, buscando posiblemente escapar de aquella realidad que me
oprimía.
No había
vuelto a salir de la isla desde el verano anterior, no me apetecía; estaba
enfadado con el mundo y con todo lo que me rodeaba. Me parecía una actitud
ofensiva hacia los desaparecidos tan siquiera disfrutar un poco, como si nada
hubiese ocurrido. Pero necesitaba cambiar de aires, eso era evidente. Con
frecuencia me hacían comentarios sobre lo descuidado de mi aspecto; el espejo
no mentía, había envejecido mucho en pocos meses y solamente yo sabía por
qué.
Nunca
olvidaré mi primer día de vuelta después de las vacaciones de Semana Santa.
Ocurrió ese lunes lo que tanto temía… lo que jamás pensé que tendría que vivir.
Volvió a suceder, una nueva desaparición, esta vez en Santa Cruz y
desgraciadamente, la víctima fue un alumno del centro. No podía creerlo,
no podía ser verdad. Es cierto que la desaparición tuvo lugar lejos del
colegio, ya de noche, pero no por ello el impacto fue menor.
Cuando
leí la noticia por la mañana en la prensa digital me quedé clavado en la silla,
sin fuerzas para levantarme. No se aclaraba demasiado en la noticia,
simplemente la edad del desaparecido, siete u ocho años, y algunos datos
relativos al momento de la desaparición. No se me pasó por la cabeza que
pudiese ser uno de nuestros alumnos, de eso me enteré nada más llegar. No
consigo explicarme como fui capaz de impartir mis clases con normalidad, pero
hice un esfuerzo sobrehumano para mostrar tranquilidad ante los niños.
Curiosamente, como comprobé más tarde, ese día no faltó ninguno y me dio mucho
que pensar, me pareció extraño que cuando hay avisos de alerta, aun sin
suspenderse las clases oficialmente, faltara un treinta por ciento del
alumnado, y en este caso no hubo ausencias, a pesar de que todo el mundo sabía
lo que había ocurrido.
Sobre el
caso, me resisto a escribir más, porque me resulta demasiado doloroso. Solo sé
que cuando llegué a casa me derrumbé y caí en un estado de semiinconsciencia
del que tardé horas en reponerme. Saqué fuerzas de flaqueza y cuando me sentí
mejor traté de recordar todo lo que había ocurrido el lunes de la desaparición.
Estaba seguro que tarde o temprano la policía reuniría al
profesorado para preguntarnos si habíamos visto algo anormal ese día. Revisé
mentalmente todo lo sucedido aquella mañana, incluso la tarde de exclusiva,
pero a pesar del esfuerzo, no conseguí recordar nada significativo que
pudiese resultar de interés.
El
miércoles por la mañana, mientras caminaba a clase como cada día, oyendo música
con los auriculares, sentía una melodía georgiana que me gusta mucho y de
pronto, como un flash, vino a mi mente una imagen del lunes que por unos
instantes captó mi atención aunque rápidamente pasé por alto. En el momento de
entregar los alumnos a sus padres, aquellos que no permanecen en el comedor,
todo parecía normal. Es cierto que no conoces a todas las personas que esperan,
pero por lo general se trata de gente que no desentona en la “fotografía”, por
decirlo de alguna manera.
Sin
embargo, el lunes anterior, por un instante vi a alguien que en cierto modo
desentonaba, y no me explico por qué, pero la melodía georgiana me lo aclaró.
Buscando con la mirada entre los presentes a padres o madres de mis
alumnos, mis ojos se encontraron durante unos instantes con un tipo muy
peculiar. Tenía el pelo rapado, ojos muy claros, tez extremadamente blanca y me
miraba fijamente, posiblemente porque era el único profesor que en esos
momentos se encontraba en la puerta. Tenía aspecto de europeo oriental, polaco,
ruso o ucraniano y quizás por ello la música me lo devolvió a la memoria,
porque eso fue lo que pensé sobre su origen, y lo corroboré cuando vi las dos
niñas pequeñas, muy rubias que sujetaba con ambas manos, y que debían ser
sus hijas. Quizás la presencia de las niñas devolvió a la normalidad de la “foto”
aquella figura y la olvidé en ese momento.
Seguramente
esa imagen no tendría
especial trascendencia para el caso, pero esperaba poderlo contar a la policía.
Sin embargo, no hubo necesidad. Durante la mañana se nos informó por parte del
equipo directivo que la policía estaba actuando según el protocolo, que el
hecho no tenía nada que ver con el centro, y que se confiaba en que el alumno
apareciese en cualquier momento. De todas formas, lo fundamental era transmitir
una idea de tranquilidad a los alumnos y a las familias; también, que los
miembros del AMPA tenían las mismas instrucciones y que lo más recomendable era
evitar los comentarios sobre la desaparición.
Como
podrá imaginar quien esté leyendo este texto el efecto de estos comentarios fue
demoledor. Sufrí una auténtica recaída emocional. Volvían nuevamente los
fantasmas. De nuevo la apatía, la normalidad, la resignación ante un hecho
terrible. De nuevo percibía la actitud del avestruz escondiendo la cabeza. Por
mucho que lo intentaba, no conseguía entenderlo. ¿Cómo era posible? Compañeros
y compañeras que en cualquier situación darían lo que fuese por los alumnos, que se
preocupaban y trataban de resolver cada uno de sus problemas, ahora, ante
un caso como este, se conformaban con el silencio.
En estas
circunstancias y a pesar de mi situación anímica, cada vez más deteriorada, la
vida continuó con normalidad. A ello contribuyó, sin lugar a dudas,
el hecho de que a los pocos días el delegado del Gobierno anunció
una serie de disposiciones para reforzar la seguridad en la ciudad; entre
ellas, el traslado de un centenar de policías a Tenerife desde
otras provincias para intensificar tanto el proceso de investigación como las
labores de vigilancia. Parece que la medida surtió efecto, porque durante más
de un mes no se repitieron las desapariciones, hasta el punto que llegué a
pensar que la pesadilla había finalizado.
Il barone
Lamberto ©
Continuará... Capítulo IV. Pincha aquí.
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