Anteriormente en "Yo... me acuso". pincha aquí.
Afortunadamente
el tiempo pasó; comenzaron las clases, la vuelta al trabajo y a una vida más
atareada. Después de dos meses toda aquella historia parecía algo irreal, un
mal sueño simplemente. Ninguna información en la prensa o la televisión que
reavivase preocupaciones o simplemente la curiosidad por saber si la policía
había descubierto algo.
Pero nada
ocurre porque sí, por casualidad. Una mañana leí en la prensa local que desde
hacía dos días había desaparecido un niño de ocho años en uno de los barrios de
Garachico. Ni siquiera aparecía la noticia con grandes titulares, y me extrañó.
Simplemente se comentaba que existía el convencimiento de encontrarlo con vida
en pocas horas. Pero no ocurrió.
De
nuevo tornó esa sensación de meses atrás. Me sorprendió nuevamente la
reacción de la gente. No parecía un tema como para conversar. Ni los compañeros
del colegio, ni los padres ni siquiera los alumnos, que tan dados son a
magnificar ciertas noticias, hicieron comentario alguno. Nadie aludía a una
posible relación con las desapariciones ocurridas en el sur meses atrás, ni
siquiera la policía a través de la prensa. Se daba por sentado que se trataría
de un desgraciado accidente, ya que el niño residía en las proximidades
de un barranco de gran profundidad y se confiaba en encontrar, al menos su
cuerpo, en poco tiempo. Pero no fue así.
Me daba
la impresión de que la única persona en la isla y quizás fuera de ella que
intuía cierta relación entre las tres desapariciones era yo. Esos pensamientos
me provocaban una terrible sensación de impotencia; más aún porque nadie de mi
entorno cercano mostraba el menor interés en abordar el tema, en compartir
pensamientos u opiniones, ni en casa, ni en el trabajo, ni los
amigos.
Pasaron
unas semanas y hasta logré convencerme de que todo había sido producto de
la casualidad, triste y hasta horrible, pero pura casualidad. Lo único que no
entendía es como no había aparecido el cuerpo del niño aún, a pesar de que
presumiblemente continuaban los rastreos por la comarca. Pero me conformaba
pensando que también había desaparecido un adulto en Las Cañadas tiempo atrás y
tampoco se encontró rastro alguno.
Lo que
ocurrió después me cuesta plasmarlo por escrito, pero tengo que hacerlo si
quiero dejar constancia del infierno que he vivido en los últimos meses. A
partir de diciembre, las desapariciones de niños y niñas se multiplicaron.
Se producían en intervalos de tiempo de dos o tres semanas, primero en La
Matanza, luego en Fasnia, más tarde en Guía de Isora, altos de La Orotava,
Vilaflor, La Guancha… etc. No recuerdo exactamente cuántos, pero sí que ya no
podía hablarse de casualidades, porque sus cuerpos jamás se encontraron y la
policía fue incapaz de hallar pista alguna.
Sin
embargo, lo más que me afectaba y lo que me seguía resultando inexplicable era
la reacción de las personas ante tamaña barbaridad. Las desapariciones eran
asumidas con una pasividad pasmosa. Unos días de atención en la prensa y se
pasaba página, como si se tratase de algo normal. Ningún signo de preocupación
o de histeria colectiva por parte de las familias con niños. Me sorprendía
enormemente la reacción de los padres de nuestros alumnos, que ante un caso de
pediculosis en el aula eran capaces de llamar a la televisión o hacer una
sentada con pancartas en la puerta del centro y ahora parecía que las
desapariciones no les afectaban, como si a ellos no pudiese pasarles nada.
Yo no
conseguía comprender absolutamente nada. Recordaba cuando tiempo atrás se
produjeron dos casos similares en Gran Canaria y se desencadenó una auténtica
explosión de solidaridad con las familias, tanto a nivel regional como nacional.
Comprendo que con el tiempo las cosas van perdiendo fuerza… ¡pero esto estaba
ocurriendo ahora mismo… casi cada semana! ¿Qué había pasado con las personas?
Era como si al unísono bloquearan sus mentes consciente o inconscientemente
para no pensar en una realidad tan terrible que les golpeaba y que había
acabado para siempre con la tranquilidad de sus vidas.
Yo, por
mi parte, seguía encerrado en mis pensamientos; la apatía de las personas que
me rodeaban ante tales hechos me creaba tal estado de ansiedad, que por
primera vez en mi vida acudí en busca de ayuda médica para algo que
no fuese una dolencia puramente física. Empecé un tratamiento con
tranquilizantes que no he dejado desde entonces, con la peculiaridad de que las
dosis, en lugar de reducirse, no han hecho sino incrementarse a lo largo
del tiempo.
No podía
dejar de pensar en las desapariciones; llegué al convencimiento de que debía
tratarse de un caso de tráfico de órganos, no había otra explicación posible.
Pero nadie aclaraba mis dudas, porque aparentemente era yo la única persona que
las tenía. Imagino el dolor de las familias de los desaparecidos, pero incluso
en este caso, su comportamiento no era el habitual. Lo normal hubieran sido los
llamamientos a través de los medios de comunicación, las muestras de dolor,
etc.; todo lo que espera uno en situaciones tan terribles; pero parece
que el único sentimiento que existía en las familias afectadas era la
resignación silenciosa ante la pérdida. Quizás, como reflejo de la que mostraba
la sociedad en su conjunto y especialmente las instituciones.
A pesar
de todo, yo no me resignaba; llegó un momento en que más que las
desapariciones, mis pensamientos se centraron noche y día en tratar de
descifrar la reacción de la gente ante estos casos. Llegué a pensar
incluso, quizás como efecto de la medicación, que se trataba todo de un
experimento del gobierno o de cualquier otro organismo supranacional, mediante
el cual la población de la isla y del Archipiélago, debió ser tratada por algún
sistema desconocido para cambiar su forma de pensar y actuar ante determinadas
situaciones, y que solamente yo había escapado a esa intervención. Sé que es
absurdo, algo de locos… pero la mente es libre, especialmente cuando está
desesperada.
Il barone
Lamberto ©
Continuará. Capítulo III. Pincha aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario