lunes, 9 de marzo de 2015

Yo... me acuso. Capítulo II.

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Afortunadamente el tiempo pasó; comenzaron las clases, la vuelta al trabajo y a una vida más atareada. Después de dos meses toda aquella historia parecía algo irreal, un mal sueño simplemente. Ninguna información en la prensa o la televisión que reavivase preocupaciones o simplemente la curiosidad por saber si la policía había descubierto algo.

Pero nada ocurre porque sí, por casualidad. Una mañana leí en la prensa local que desde hacía dos días había desaparecido un niño de ocho años en uno de los barrios de Garachico. Ni siquiera aparecía la noticia con grandes titulares, y me extrañó. Simplemente se comentaba que existía el convencimiento de encontrarlo con vida en pocas horas. Pero no ocurrió.

 De nuevo tornó esa sensación de meses atrás. Me sorprendió nuevamente  la reacción de la gente. No parecía un tema como para conversar. Ni los compañeros del colegio, ni los padres ni siquiera los alumnos, que tan dados son a magnificar ciertas noticias, hicieron comentario alguno. Nadie aludía a una posible relación con las desapariciones ocurridas en el sur meses atrás, ni siquiera la policía a través de la prensa. Se daba por sentado que se trataría de un desgraciado accidente, ya que  el niño residía en las proximidades de un barranco de gran profundidad y se confiaba en encontrar, al menos su cuerpo, en poco tiempo. Pero no fue así.

Me daba la impresión de que la única persona en la isla y quizás fuera de ella que intuía cierta relación entre las tres desapariciones era yo. Esos pensamientos me provocaban una terrible sensación de impotencia; más aún porque nadie de mi entorno cercano mostraba el menor interés en abordar el tema, en compartir pensamientos u opiniones, ni en casa, ni en el trabajo, ni  los amigos.  

Pasaron unas semanas y hasta  logré convencerme de que todo había sido producto de la casualidad, triste y hasta horrible, pero pura casualidad. Lo único que no entendía es como no había aparecido el cuerpo del niño aún, a pesar de que presumiblemente continuaban los rastreos por la comarca. Pero me conformaba pensando que también había desaparecido un adulto en Las Cañadas tiempo atrás y tampoco se encontró rastro alguno.

Lo que ocurrió después me cuesta plasmarlo por escrito, pero tengo que hacerlo si quiero dejar constancia del infierno que he vivido en los últimos meses. A partir de  diciembre, las desapariciones de niños y niñas se multiplicaron. Se producían en intervalos de tiempo de dos o tres semanas, primero en La Matanza, luego en Fasnia, más tarde en Guía de Isora, altos de La Orotava, Vilaflor, La Guancha… etc. No recuerdo exactamente cuántos, pero sí que ya no podía hablarse de casualidades, porque sus cuerpos jamás se encontraron y la policía fue incapaz de hallar pista alguna.

Sin embargo, lo más que me afectaba y lo que me seguía resultando inexplicable era la reacción de las personas ante tamaña barbaridad. Las desapariciones eran asumidas con una pasividad pasmosa. Unos días de atención en la prensa y se pasaba página, como si se tratase de algo normal. Ningún signo de preocupación o de histeria colectiva por parte de las familias con niños. Me sorprendía enormemente la reacción de los padres de nuestros alumnos, que ante un caso de pediculosis en el aula eran capaces de llamar a la televisión o hacer una sentada con pancartas en la puerta del centro y ahora parecía que las desapariciones no les afectaban, como si a ellos no pudiese pasarles nada.

Yo no conseguía comprender absolutamente nada. Recordaba cuando tiempo atrás se produjeron dos casos similares en Gran Canaria y se desencadenó una auténtica explosión de solidaridad con las familias, tanto a nivel regional como nacional. Comprendo que con el tiempo las cosas van perdiendo fuerza… ¡pero esto estaba ocurriendo ahora mismo… casi cada semana! ¿Qué había pasado con las personas? Era como si al unísono bloquearan sus mentes consciente o inconscientemente para no pensar en una realidad tan terrible que les golpeaba y que había acabado para siempre con la tranquilidad de sus vidas.

Yo, por mi parte, seguía encerrado en mis pensamientos; la apatía de las personas que me rodeaban ante tales hechos me creaba tal estado de ansiedad,  que por primera vez en mi vida   acudí en busca de ayuda médica para algo que no fuese una dolencia puramente física. Empecé un tratamiento con tranquilizantes que no he dejado desde entonces, con la peculiaridad de que las dosis, en lugar de reducirse,  no han hecho sino incrementarse a lo largo del tiempo.

No podía dejar de pensar en las desapariciones; llegué al convencimiento de que debía tratarse de un caso de tráfico de órganos, no había otra explicación posible. Pero nadie aclaraba mis dudas, porque aparentemente era yo la única persona que las tenía. Imagino el dolor de las familias de los desaparecidos, pero incluso en este caso, su comportamiento no era el habitual. Lo normal hubieran sido los llamamientos a través de los medios de comunicación, las muestras de dolor, etc.; todo lo que espera uno en situaciones tan terribles;  pero parece que el único sentimiento que existía en las familias afectadas era la resignación silenciosa ante la pérdida. Quizás, como reflejo de la que mostraba la sociedad en su conjunto y especialmente las instituciones.


A pesar de todo, yo no me resignaba; llegó un momento en que más que las desapariciones, mis pensamientos se centraron noche y día en tratar de descifrar la reacción de la gente  ante estos casos. Llegué a pensar incluso, quizás como efecto de la medicación, que se trataba todo de un experimento del gobierno o de cualquier otro organismo supranacional, mediante el cual la población de la isla y del Archipiélago, debió ser tratada por algún sistema desconocido para cambiar su forma de pensar y actuar ante determinadas situaciones, y que solamente yo había escapado a esa intervención. Sé que es absurdo, algo de locos… pero la mente es libre, especialmente cuando está desesperada.

Il barone Lamberto ©

Continuará. Capítulo III. Pincha aquí


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