lunes, 9 de marzo de 2015

Yo... me acuso. Capítulo I.

Santa Cruz de Tenerife, un miércoles cualquiera, tres y media de la madrugada.

Otra noche más de pesadillas y esa sensación de náusea continua que no me abandona desde aquel día. Tiempo atrás, despertarme a esta hora, después de unas pocas de sueño profundo, era algo agradable. Lavarte la cara, preparar un café, sentarte tranquilamente delante del ordenador cuando todos duermen, con el teclear de tus dedos como  único sonido que rompe este silencio absoluto… ¡no había modo mejor de comenzar un nuevo día!

Ahora, escapo como un cobarde de la cama nada más abrir los ojos, sin mirar siquiera al reloj; permanecer allí, aunque sea un instante, en medio de la oscuridad, significa tomar conciencia  de que esas  pesadillas forman parte de una realidad y  que yo, sin desearlo, soy el protagonista. Además, en un lugar, la cama, donde los problemas, miedos y temores se exageran hasta alcanzar proporciones que parecen definitivamente irresolubles. Ahora, antes de otra cosa, es imprescindible una ducha, porque despierto cada día completamente cubierto de sudor. Desconozco que mecanismos metabólicos se desencadenan durante esas pesadillas, pero lo cierto es que acaban con las sábanas completamente empapadas como si de un intenso proceso febril se tratase.

Hoy por fin me he decidido a escribir. Siento como día a día esta situación está afectándome profundamente y temo por mi equilibrio psíquico, ya bastante deteriorado; el físico y el emocional, los doy ya por perdidos. He llegado al extremo de considerar que la única solución posible sería acabar con mi vida, con esta tortura. Pero solo serviría, posiblemente,  para conseguir la paz y el descanso que necesito, pero no para resolver el problema, que continuaría, y entonces ¿de qué serviría mi sacrificio? Si al fin tomo esta decisión y lo que escribo en estos momentos cae en manos de alguien, como pretendo, seguro que pensará que había otras alternativas… ¡iluso!

Podría dirigirme a la policía, a los juzgados, a los periódicos,  ¡quién sabe adónde más!  y ¿para qué? Mi implicación en este asunto, aunque sea por omisión, es tan evidente, que estoy convencido de que automáticamente pasaría de delator a imputado sin ningún tipo de contemplaciones. Sinceramente, no me siento con las fuerzas necesarias para sobrellevar una situación de este tipo. Además, hay un sentimiento de culpa imposible de borrar, porque aquel sábado, tuve en mi mano la posibilidad de acabar con todo, o al menos de intentarlo, y sin embargo, no lo hice.

He buscado mil excusas y justificaciones desde aquel día, posiblemente muchas de ellas comprensibles ante una mente objetiva, pero de mi actitud a posteriori, soy solo yo el responsable y hasta cierto punto, cómplice, aunque sea emocional. Estoy convencido que es este precisamente el origen de mis pesadillas:  ¡el sentimiento de culpa y remordimiento!

Ya no recuerdo con exactitud cuándo comenzó todo. Creo que mi estado mental en estos momentos me impide precisar fechas, pero considerando otras circunstancias de mi vida por aquellos días, pienso que no ha pasado más de un año o año y medio. Es cierto que podría acudir a las hemerotecas, pero me resulta tan doloroso revivir ciertos acontecimientos que he desistido. De cualquier modo, tampoco sería relevante; más que las fechas, lo realmente importante son los hechos.

El primer caso se produjo en pleno verano, la zona turística del sur estaba abarrotada de visitantes. La noticia tuvo más repercusión internacional que local, quizás por el origen extranjero de la víctima. Apenas dos días  de información en algunos periódicos y en los telediarios regionales y el suceso desapareció por completo, incluso de las conversaciones habituales en estos casos. Lo que me resulta incomprensible, ahora y en aquellos momentos, es que cuando se produjo el segundo caso, sin que siquiera hubiera transcurrido un mes, de eso si tengo la certeza, la reacción fue similar. Es cierto que las víctimas eran turistas  y  que las familias regresaron a sus países a los pocos días, pero ¿no es lo suficientemente horrible la desaparición de dos niños de corta edad en menos de un mes y en el mismo lugar?

Como en la primera ocasión, la noticia se esfumó, incomprensiblemente, a los pocos días. Aparte de declaraciones oficiales, más preocupadas en recalcar que el sur de Tenerife era un destino complemente seguro para las familias que nos visitaban que de otra cosa, no se habló para nada de medidas de seguridad especiales. Lo único que se sabía es que la policía estaba haciendo su trabajo, que existían algunas pistas fiables y que no se podía aportar más información para no entorpecer las investigaciones.

En aquellos momentos ya empecé a convencerme  de que la reacción de la gente, y especialmente de mi entorno, no era la previsible en casos como este. Me extrañaba la apatía, el considerar que eran situaciones “casi” normales. Trataba continuamente de buscar explicaciones. Es cierto que estábamos en verano; en vacaciones quizás se ven las cosas de otra manera y solo se piensa en descansar y disfrutar. También recordaba a la niña inglesa desaparecida hacía varios años en Portugal y de la que nada se sabía; posiblemente se pensaba que serían casos similares que con seguridad nunca se resolverían. Solamente la casualidad y posiblemente algo de mala suerte, determinaron que se produjesen en la isla.

Pero todos estos pensamientos los guardaba para mí; era imposible verbalizarlos ya que cuando intentaba hacer algún comentario al respecto me encontraba con un muro; nadie continuaba la conversación, como si temiesen siquiera abordarla. Me recordaban al avestruz y la cabeza en el agujero. Me exasperaba enormemente la falta de solidaridad y de empatía con las familias. Era evidente que  poco o  nada se podía hacer, pero al menos procedía  un comentario piadoso. ¿Quién no tiene niños cerca? Hijos, sobrinos, vecinos, conocidos, alumnos... Me parecía inconcebible que la gente se estremeciese con imágenes sobre el sufrimiento infantil que periódicamente aparecían en la televisión y en cambio, fuese incapaz de expresar un mínimo de piedad por unos niños desaparecidos en la  isla hacía apenas unos días.

Continuará... (Capítulo II). Pincha aquí


Il barone Lamberto ©

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