Santa
Cruz de Tenerife, un miércoles cualquiera, tres y media de la madrugada.
Otra
noche más de pesadillas y esa sensación de náusea continua que no me abandona
desde aquel día. Tiempo atrás, despertarme a esta hora, después de unas pocas
de sueño profundo, era algo agradable. Lavarte la cara, preparar un café,
sentarte tranquilamente delante del ordenador cuando todos duermen, con el
teclear de tus dedos como único sonido
que rompe este silencio absoluto… ¡no había modo mejor de comenzar un nuevo
día!
Ahora, escapo
como un cobarde de la cama nada más abrir los ojos, sin mirar siquiera al
reloj; permanecer allí, aunque sea un instante, en medio de la oscuridad,
significa tomar conciencia de que
esas pesadillas forman parte de una
realidad y que yo, sin desearlo, soy el
protagonista. Además, en un lugar, la cama, donde los problemas, miedos y
temores se exageran hasta alcanzar proporciones que parecen definitivamente
irresolubles. Ahora, antes de otra cosa, es imprescindible una ducha, porque
despierto cada día completamente cubierto de sudor. Desconozco que mecanismos
metabólicos se desencadenan durante esas pesadillas, pero lo cierto es que
acaban con las sábanas completamente empapadas como si de un intenso proceso
febril se tratase.
Hoy por
fin me he decidido a escribir. Siento como día a día esta situación está
afectándome profundamente y temo por mi equilibrio psíquico, ya bastante
deteriorado; el físico y el emocional, los doy ya por perdidos. He llegado al
extremo de considerar que la única solución posible sería acabar con mi vida,
con esta tortura. Pero solo serviría, posiblemente, para conseguir la paz y el descanso que
necesito, pero no para resolver el problema, que continuaría, y entonces ¿de
qué serviría mi sacrificio? Si al fin tomo esta decisión y lo que escribo en
estos momentos cae en manos de alguien, como pretendo, seguro que pensará que
había otras alternativas… ¡iluso!
Podría
dirigirme a la policía, a los juzgados, a los periódicos, ¡quién sabe adónde más! y ¿para qué? Mi implicación en este asunto,
aunque sea por omisión, es tan evidente, que estoy convencido de que
automáticamente pasaría de delator a imputado sin ningún tipo de
contemplaciones. Sinceramente, no me siento con las fuerzas necesarias para sobrellevar
una situación de este tipo. Además, hay un sentimiento de culpa imposible de
borrar, porque aquel sábado, tuve en mi mano la posibilidad de acabar con todo,
o al menos de intentarlo, y sin embargo, no lo hice.
He
buscado mil excusas y justificaciones desde aquel día, posiblemente muchas de
ellas comprensibles ante una mente objetiva, pero de mi actitud a posteriori,
soy solo yo el responsable y hasta cierto punto, cómplice, aunque sea
emocional. Estoy convencido que es este precisamente el origen de mis pesadillas: ¡el sentimiento de culpa y remordimiento!
Ya no
recuerdo con exactitud cuándo comenzó todo. Creo que mi estado mental en estos
momentos me impide precisar fechas, pero considerando otras circunstancias de
mi vida por aquellos días, pienso que no ha pasado más de un año o año y medio.
Es cierto que podría acudir a las hemerotecas, pero me resulta tan doloroso
revivir ciertos acontecimientos que he desistido. De cualquier modo, tampoco
sería relevante; más que las fechas, lo realmente importante son los hechos.
El primer
caso se produjo en pleno verano, la zona turística del sur estaba abarrotada de
visitantes. La noticia tuvo más repercusión internacional que local, quizás por
el origen extranjero de la víctima. Apenas dos días de información en algunos periódicos y en los
telediarios regionales y el suceso desapareció por completo, incluso de las
conversaciones habituales en estos casos. Lo que me resulta incomprensible,
ahora y en aquellos momentos, es que cuando se produjo el segundo caso, sin que
siquiera hubiera transcurrido un mes, de eso si tengo la certeza, la reacción
fue similar. Es cierto que las víctimas eran turistas y que las
familias regresaron a sus países a los pocos días, pero ¿no es lo
suficientemente horrible la desaparición de dos niños de corta edad en menos de
un mes y en el mismo lugar?
Como en
la primera ocasión, la noticia se esfumó, incomprensiblemente, a los pocos
días. Aparte de declaraciones oficiales, más preocupadas en recalcar que el sur
de Tenerife era un destino complemente seguro para las familias que nos
visitaban que de otra cosa, no se habló para nada de medidas de seguridad
especiales. Lo único que se sabía es que la policía estaba haciendo su trabajo,
que existían algunas pistas fiables y que no se podía aportar más información
para no entorpecer las investigaciones.
En
aquellos momentos ya empecé a convencerme de que la reacción de la gente, y
especialmente de mi entorno, no era la previsible en casos como este. Me
extrañaba la apatía, el considerar que eran situaciones “casi” normales.
Trataba continuamente de buscar explicaciones. Es cierto que estábamos en
verano; en vacaciones quizás se ven las cosas de otra manera y solo se piensa
en descansar y disfrutar. También recordaba a la niña inglesa desaparecida
hacía varios años en Portugal y de la que nada se sabía; posiblemente se
pensaba que serían casos similares que con seguridad nunca se resolverían.
Solamente la casualidad y posiblemente algo de mala suerte, determinaron que se
produjesen en la isla.
Pero
todos estos pensamientos los guardaba para mí; era imposible verbalizarlos ya
que cuando intentaba hacer algún comentario al respecto me encontraba con un
muro; nadie continuaba la conversación, como si temiesen siquiera abordarla. Me
recordaban al avestruz y la cabeza en el agujero. Me exasperaba enormemente la
falta de solidaridad y de empatía con las familias. Era evidente que poco o nada se podía hacer, pero al menos procedía un comentario piadoso. ¿Quién no tiene niños
cerca? Hijos, sobrinos, vecinos, conocidos, alumnos... Me parecía inconcebible
que la gente se estremeciese con imágenes sobre el sufrimiento infantil que
periódicamente aparecían en la televisión y en cambio, fuese incapaz de
expresar un mínimo de piedad por unos niños desaparecidos en la isla hacía apenas unos días.
Continuará... (Capítulo II). Pincha aquí.
Il barone
Lamberto ©
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