¡Por fin el alba…! Como en las
veces anteriores, le había sido imposible conciliar el sueño durante la
noche. Tampoco tomaría alimento alguno, ni siquiera las gachas que desde
pequeña le preparaba su vieja aya; apenas sentía hambre y necesitaba todo el
tiempo para engalanarse.
En un momento su habitación se llenó de sirvientas y comenzó
el rito cotidiano de preparar a su ama. Hoy podría estrenar por fin el
vestido de tafetán rojo que llegó de Nápoles hacía unos días; otro regalo de su
padre. Sabía muy bien que sus continuos regalos eran un modo de mitigar
el remordimiento que le atenazaba; la había dejado sola en la Corte cuando fue
nombrado administrador de rentas de la Corona en aquella ciudad
italiana.
Salió de casa a las once y como siempre,
acompañada por Juana, su esclava morisca, se dispuso a cumplir con uno de
los mandatos de la Santa Madre Iglesia: “oír misa todos los domingos”. Durante
la semana, cuando acudía a los oficios o simplemente a la
confesión, se dirigía a la vecina iglesia del Convento de las
Carmelitas, tal como había hecho durante generaciones toda su
familia y ella misma, desde muy pequeña. Allí se encontraba con todos sus
conocidos y parientes. Pero desde hacía justamente 8 semanas, los domingos oía
misa en la Iglesia de San Luis. ¡Si su padre o alguien de la familia
llegara a enterarse! Pero
confiaba en Juana, por nada del mundo la traicionaría.
Y como la primera vez, la acompañó con
disimulo hasta la pila bautismal, donde le ofreció, sin tan siquiera mirarla,
agua bendita con sus dedos. Y la acompañó entre las naves hasta la capilla más
oscura del templo, la del Espíritu Santo, sin dejar ni un solo instante de requebrarla en voz baja. Y luego,
desapareció entre las sombras y el
humo de los cirios.
Il barone Lamberto ©


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