martes, 25 de agosto de 2015

EL NIÑO DE ANGKOR.





El complejo arqueológico de Angkor (Camboya) ocupa un área aproximada de 200 km2. Casi toda esta superficie está ocupada por la selva y  en medio de ella se dispersan alrededor de 900 monumentos de diferente tamaño.

Según nos informaron los guías, cuando Angkor fue declarada Patrimonio de la Humanidad  en 1992, el gobierno camboyano negoció  con la UNESCO que los campesinos residentes en la zona no fuesen desplazados fuera del área protegida. Como consecuencia de este acuerdo, en la actualidad, todo el complejo arqueológico se halla salpicado de pequeñas aldeas cuyos habitantes se dedican además de a la agricultura, a diferentes servicios relacionados con los turistas que acuden a visitar el complejo.

Por ello, no es de extrañar, que apenas desciendes del microbús o del tuc-tuc, se avecinen pequeños grupos de adultos y sobre todo niños, para ofrecerte todo tipo de productos de una manera insistente. Algo similar ocurre en otros lugares como las ruinas de Chichen Itzá (México) pero en este caso, todas estas personas habitan en las proximidades del área protegida y no dentro.

Otra de las actividades a la que se dedica buena parte de  los pobladores de la zona es al servicio de mantenimiento y vigilancia de las ruinas y su entorno. Pueden  verse continuamente pequeños grupos que realizan este tipo de labores y sobre todo, infinidad de mujeres que actúan como vigilantes de las ruinas durante las visitas. Se les distingue por su uniforme verde, situadas en lugares estratégicos,  para controlar que los visitantes respeten las normas.







Pero lo que resulta realmente curioso es que muchas de ellas, con toda naturalidad, se dedican al cuidado de sus hijos durante su horario de trabajo. Esto resulta evidente en el caso de los bebés, que pasan el tiempo muy cerca de sus madres. Llama la atención como juguetean con ellos sin dejar de controlar a los turistas.
También se ven pequeños grupos limpiando de hierbas algunos rincones entre las ruinas con sus hijos pequeños alrededor. Pero cuando estos son algo mayores, se entretienen como pueden entre las distintas edificaciones. Así que no es nada extraño verlos jugar en cualquier lugar del complejo.










Este breve comentario, que no trasciende de la mera curiosidad del turista, adquiere realmente significado cuando como en mi caso, te da la oportunidad de obtener, sin proponértelo, una imagen verdaderamente interesante y muy diferente de lo que estamos acostumbrados a ver en Angkor.

Lo habitual son estampas llamativas de estas construcciones que han sobrevivido al paso de los siglos en medio de la selva. La tarea es fácil, la belleza de los edificios y un entorno muy especial permiten a cualquiera, sin ser un experto fotógrafo y con una cámara sencilla, obtener instantáneas impresionantes.

Pero en mi caso, gracias a la presencia de estos niños  que deambulan por el lugar, pude además obtener una imagen realmente bella y llena de significado, aunque su interpretación la dejo a la imaginación y sensibilidad de quien tenga la ocasión de contemplarla.

Me impactó enormemente ese niño (o niña), alejado del resto y absorto en sus pensamientos, con la  mirada perdida enmarcado por una de esas puertas imponentes y con el silencio como único acompañante.



Tan absorto estaba, que a pesar de mis continuos siseos con el objetivo de que se girase fueron totalmente infructuosos… y después de estas instantáneas, allí quedo con sus pensamientos el niño de Angkor.






Santa Cruz de Tenerife, 25 de agosto de 2015.

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