El complejo arqueológico de
Angkor (Camboya) ocupa un área aproximada de 200 km2. Casi toda esta superficie
está ocupada por la selva y en medio de
ella se dispersan alrededor de 900 monumentos de diferente tamaño.
Según nos informaron los guías,
cuando Angkor fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1992, el gobierno camboyano negoció con la UNESCO que los campesinos residentes
en la zona no fuesen desplazados fuera del área protegida. Como consecuencia de
este acuerdo, en la actualidad, todo el complejo arqueológico se halla
salpicado de pequeñas aldeas cuyos habitantes se dedican además de a la
agricultura, a diferentes servicios relacionados con los turistas que acuden a
visitar el complejo.
Por ello, no es de extrañar, que
apenas desciendes del microbús o del tuc-tuc, se avecinen pequeños grupos de adultos
y sobre todo niños, para ofrecerte todo tipo de productos de una manera
insistente. Algo similar ocurre en otros lugares como las ruinas de Chichen
Itzá (México) pero en este caso, todas estas personas habitan en las
proximidades del área protegida y no dentro.
Otra de las actividades a la que
se dedica buena parte de los pobladores
de la zona es al servicio de mantenimiento y vigilancia de las ruinas y su entorno.
Pueden verse continuamente pequeños
grupos que realizan este tipo de labores y sobre todo, infinidad de mujeres que
actúan como vigilantes de las ruinas durante las visitas. Se les distingue por
su uniforme verde, situadas en lugares estratégicos, para controlar que los visitantes respeten
las normas.
Pero lo que resulta realmente
curioso es que muchas de ellas, con toda naturalidad, se dedican al cuidado de
sus hijos durante su horario de trabajo. Esto resulta evidente en el caso de
los bebés, que pasan el tiempo muy cerca de sus madres. Llama la atención como
juguetean con ellos sin dejar de controlar a los turistas.
También se ven pequeños grupos
limpiando de hierbas algunos rincones entre las ruinas con sus hijos pequeños
alrededor. Pero cuando estos son algo mayores, se entretienen como pueden entre
las distintas edificaciones. Así que no es nada extraño verlos jugar en
cualquier lugar del complejo.
Este breve comentario, que no
trasciende de la mera curiosidad del turista, adquiere realmente significado
cuando como en mi caso, te da la oportunidad de obtener, sin proponértelo, una
imagen verdaderamente interesante y muy diferente de lo que estamos acostumbrados
a ver en Angkor.
Lo habitual son estampas
llamativas de estas construcciones que han sobrevivido al paso de los siglos en
medio de la selva. La tarea es fácil, la belleza de los edificios y un entorno
muy especial permiten a cualquiera, sin ser un experto fotógrafo y con una
cámara sencilla, obtener instantáneas impresionantes.
Pero en mi caso, gracias a la
presencia de estos niños que deambulan
por el lugar, pude además obtener una imagen realmente bella y llena de
significado, aunque su interpretación la dejo a la imaginación y sensibilidad
de quien tenga la ocasión de contemplarla.
Me impactó enormemente ese niño
(o niña), alejado del resto y absorto en sus pensamientos, con la mirada perdida enmarcado por una de esas
puertas imponentes y con el silencio como único acompañante.
Tan absorto estaba, que a pesar
de mis continuos siseos con el objetivo de que se girase fueron totalmente
infructuosos… y después de estas instantáneas, allí quedo con sus pensamientos
el niño de Angkor.
Santa Cruz de
Tenerife, 25 de agosto de 2015.





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