El
infierno es el lugar, donde después de la muerte, se considera que los
condenados son sometidos a un castigo eterno. Aunque no se trate de un lugar
físico, la mayoría de las representaciones lo sitúan en el mundo subterráneo.
En el
municipio tinerfeño de Tegueste existe un pequeño caserío con esta
denominación. Aparece por primera vez
como entidad de población en el nomenclátor de 1910, con 16 viviendas habitadas
y 88 pobladores.
Se sitúa
en el valle de El Socorro, a los pies de la montaña de La Caldera y junto al
barranco del Mulato. A diferencia de otras localidades del término, o incluso
del conjunto municipal, que ha quintuplicado su población desde comienzos del
siglo XX, El Infierno registra un crecimiento poco significativo, ya que en
2023 apenas contaba con 109 habitantes. A lo largo de poco más de un siglo, ha
experimentado ligeras oscilaciones, alcanzando los 187 pobladores (en 47
viviendas) en 1970.
Esta
denominación, realmente chocante, da
lugar a que aparezcan en las redes
titulares como:
“Venta de
terrenos y viviendas en El Infierno”
“Carrera
de Montaña de El Infierno”
“Camino
de El Infierno”
“Centro
cultural El Lomo-El Infierno”
Una
pregunta que surge irremediablemente es qué gentilicio tendrían sus habitantes
de ser una entidad de mayor importancia ¿inferneros? ¿diablos? ¿diableses?. Por
suerte o por desgracia nos quedaremos con las ganas de saberlo. Lo que provoca
cierta perplejidad es que si quisiera ir de mi casa a “ese” Infierno, en automóvil, apenas
tardaría 25 minutos, pues nos separan unos 16 km.
Otra
curiosidad que encontramos en este municipio reside en que, en contraposición
al caserío del que hemos hablado anteriormente, el barranco más importante del
término, que lo atraviesa casi longitudinalmente, se denomina “Agua de Dios”,
aunque en su tramo inferior, en las proximidades de Tejina, cambia su nombre
por “Milán”.
Pero no
acaba aquí la cosa, a no mucha distancia de El Infierno (3,1 km.), en las
proximidades de El Portezuelo, encontramos el caserío de Nombre de Dios. Se
trata de una pequeña entidad, tradicionalmente la menos poblada del término,
que aparece por primera vez en el nomenclátor de 1920, con apenas 21
habitantes. Curiosamente y como en el caso anterior, su población se ha
mantenido prácticamente estabilizada en los últimos setenta años, apenas 54
residentes en 2024.
Por suerte, da mucha tranquilidad saber que si tengo que ir necesariamente a “El Infierno” primero he de pasar por las proximidades del Nombre de Dios.
José Solórzano Sánchez

