Acababa de realizar la
visita a Angkor Wat, el templo más
grande y también el mejor conservado de los que integran el asentamiento de
Angkor, considerado como la mayor estructura religiosa jamás construida. Mientras abandonaba el recinto, percibía como
lo que pretendía haber sido el colofón espectacular a mi estancia en ese complejo arqueológico
camboyano, en realidad, me dejaba con un
ligero mal sabor de boca.
Después de dos días intensos de visitas a
templos y todo tipo de construcciones, sorprendiéndome gratamente y disfrutando
a cada momento ( la realidad superó con creces cualquier expectativa previa ) y sobre todo, después de haber tomado cientos
de imágenes… me encontraba algo decepcionado.
El contraste con todo lo
visto anteriormente fue chocante: la estructura muy bien
conservada, inmensa, diría que
apabullante. Pero la masificación, la increíble cantidad de visitantes que
recorría el recinto, impedía disfrutarlo como correspondía. Si a ello añadimos
la luz de media tarde, poco adecuada
para las fotografías, quien me conozca un poco puede entender mi estado de
ánimo en aquellos momentos. Durante el tiempo que permanecí allí me limité a
hacer las fotos “preceptivas” pero con poco interés.
Así que cuando
abandonaba ya definitivamente el lugar,
casi de modo inconsciente giré y tomé un par de instantáneas, diría que con
desgana, tratando simplemente de llevarme una última imagen de Angkor. Como puede
verse el resultado es de pésima calidad: el encuadre es nefasto (véanse
simplemente brazos y cabezas sueltos, arbustos en primer plano que ocultan el
elemento principal, etc.) y la imagen aparece ligeramente desenfocada… realmente,
una fotografía para ser borrada al momento, sin ningún tipo de consideración.
Ya en la habitación del hotel,
cuando me disponía a eliminarla, me percaté de que a pesar de todo, algo podría salvarse
de la foto. Había un elemento en la
misma, que sin pretenderlo, la libraría, al menos en parte, de acabar en la papelera de reciclaje del
móvil. Era la imagen de una mujer,
integrante de un grupo de turistas asiáticos, de los muchos que pululaban
por el interior del complejo, la que sin
proponérselo, salvó mi imagen de
despedida de Angkor Wat y, en cierto modo, aliviaba la pequeña decepción de la visita.
Bastaban
simplemente unos pequeños recortes para conseguir un resultado, en mi opinión,
bastante interesante. Como puede observarse, el rojo del vestido contrasta vivamente con el entorno dominado
por el verde y el gris. Además, el tipo de indumentaria, en su conjunto, da un
aire muy particular al conjunto. El resultado final nada tiene que ver con la
imagen original y demuestra claramente que “lo
particular puede salvar a lo general”



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ResponderEliminarCuriosa imagen. El Templo, que con esas torres indefinibles quiere llegar al cielo y abarcar la tierra en su extensión, columna tras columna. En su parte trasera, telón de colinas que suben y bajan. En su parte delantera, parapeto de vegetación, árboles y arbustos que intentan desviar la mirada del gigante de piedra. Ocupando casi toda la imagen, ese gran seto. Guardián celoso del recinto sagrado ante la llegada de intrusos. Observamos como acecha, persiguiendo imperceptiblemente, a la figura de vestido rojo y sombrero que aparece en la esquina inferior de la imagen. ¿Es una mujer de carne y hueso? ¿Es una aparición? Eso al seto no le importa. Con la brisa y el murmullo de sus hojas, de forma disimulada intenta hacerla desaparecer de la imagen, para arrojarla a la dimensión blanca del marco de la foto.
ResponderEliminarExcelente composición.
"Lo particular puede salvar a lo general", pero también, el ojo certero del artista puede hacer que el que mira, dé rienda suelta a la fantasía.
Felicidades, Barone Lamberto.
Gracias. Si lo "particular puede salvar a lo general" no es menos cierto que hay muchas formas de interpretar la realidad y con ello de enriquecerla...únicamente es necesario plasmarlas.
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