sábado, 4 de enero de 2020

HISTORIAS DE LA FAMILIA NIVARIA-ACHINECH. 3.LA OROTAVA. LA SEÑORA DE TAORO.





La Orotava es la hija mayor de la Laguna y la que más se le parece, tanto desde el punto de vista físico como por su carácter. Mientras era niña, a su madre casi se le saltaban las lágrimas cuando la observaba porque se veía reflejada en cada uno de sus gestos, en lo que decía, en cómo se relacionaba con los demás, etc.

Físicamente era su vivo retrato, aunque mejorado. En efecto, la primogénita combinaba la elegancia y distinción de su madre con un cierto toque de arrogancia, heredado del Capitán General. En cuanto se convirtió en una “señorita” y acompañada por su madre y hermanos paseaban por el Camino Largo, después de misa, todos comentaban que era la edición “mejorada y corregida” de su progenitora.

Desde su más tierna infancia, su madre reprodujo con ella los mismos patrones con los que ella había sido educada, es decir, rodeándola de toda una corte de institutrices, señoritas de compañía, profesores particulares,  etc. Sabía que su hija tenía un futuro muy prometedor y desde muy pequeña, comenzó a hacer planes para que su matrimonio tuviese el rango que le correspondía;  en su opinión, la meta de una muchacha de buena familia era el mejor de los casamientos posibles y a ello debía dedicar todos sus esfuerzos desde que llegaba a este mundo, en su caso, a esta isla.

En estos planes no solamente entraban muchachos peninsulares, sino también del extranjero, porque los de las islas le parecían unos “magos” sin porvenir.  Pensaba que no le iría nada mal con unos potentados industriales  de la categoría de  Vigo, o Alicante, magnate del turrón y el calzado; tampoco estaría mal emparentar con San Sebastián o Santander, aristócratas de rancio abolengo. Tenía también algunos candidatos extranjeros, como Oporto, famoso por sus bodegas y dos muchachitos de las colonias americanas, que se encontraban en la Península estudiando: Santo Domingo y Buenos Aires.

Pero aún quedaba mucho tiempo para esto y lo que procedía era que llegado el momento la muchacha cumpliese con todos los requisitos necesarios. Desde muy niña, La Orotava sufrió de graves problemas de salud, el clima invernal de Aguere no le sentaba, la humedad y el frío le provocaban catarros y bronquitis continuamente, generando una inquietud profunda en su madre. Cuando acababan los inviernos, la niña presentaba un aspecto desolador: pálida y demacrada, con muy poco peso y un aire de tristeza que partía el alma. Menos mal que en cuanto llegaba la primavera se recuperaba en un par de semanas.

Sus padres consultaron a los mejores médicos de la isla y todos coincidieron que dada la situación de la medicina en esa época, habría que utilizar otras estrategias, como un cambio de aires durante el periodo invernal. Dado su estado de salud, para ella era una verdadera desgracia residir en un lugar tan húmedo, precisamente en la isla de la “eterna primavera”. Por supuesto, conociendo lo que pensaba la madre, ni se les ocurrió comentarle que lo más fácil sería un traslado temporal a Añazo, que era lo que se encontraba más cerca y no supondría un gran trastorno para la familia.

Se le propuso, por tanto, que en cuanto comenzara el próximo invierno se le trasladara a un lugar seco y fresco y relativamente próximo. Desde hacía un tiempo, algunos médicos ingleses, conociendo las excelentes condiciones climáticas de lugar, estaban enviando a sus pacientes a las riberas del barranco de Badajoz, a  pocas leguas de la ciudad y muy cerca de donde se veneraba  la imagen de la virgen de Candelaria. Allí había una fonda muy bien preparada donde se acogían enfermos con problemas respiratorios y contaba con varios médicos residentes.

 A los padres les pareció una idea excelente, pero ni se les pasó por la cabeza trasladarse con el resto de la familia a aquel lugar durante varios meses, con todos los compromisos que tenían. Así que enviaron a la niña con  su séquito, incluyendo a varios profesores para que  continuase con sus clases. Los fines de semana iban  a visitarla  y aprovechaban para  ver a la virgen al convento y de paso comer pescado fresco. A pesar de los buenos resultados que estaba dando ese cambio de aires, ni de broma se les ocurrió traerla de nuevo a la ciudad mientras durasen “los fríos”.

Pero lo que había sido una excelente idea durante cierto tiempo, comenzó a no ser tan buena. A corta distancia de la fonda existían varias canteras para la extracción de áridos y todos los carros pasaban muy cerca de ésta, con la consiguiente “polvacera” poco recomendable para los que allí se hospedaban, la mayoría con problemas respiratorios. Así que necesariamente hubo que empezar a pensar en otra alternativa para el invierno siguiente.

El lugar escogido por indicación de los doctores fueron los altos de Chasna, que poseían un clima fresco y seco, además de gozar de un aire purísimo al estar rodeado de extensos pinares. Allí residía la familia de los Betancur, que disponían de la mejor casa de los contornos y dadas las buenas relaciones que mantenían, la niña podría pasar allí la estación invernal. No hay que olvidar que su hijo Pedro de San José, cuando estudiaba en el seminario lagunero, pasaba algunas tardes con la familia y cuando sus padres venían a la ciudad a verlo, la visita a la “ilustre dama” era algo obligado.

Nuevamente se produjo el traslado de La Orotava para pasar el periodo invernal lejos de los suyos, en aras de una vida más saludable; en esta ocasión, las posibilidades de visitas familiares iban a ser casi imposibles. La niña y sus acompañantes tardaron casi tres días en llegar a su destino, pasando las noches en casa de conocidos. Los carruajes tomaron el camino del valle de Taoro y luego ascendieron hasta Las Cañadas, por senderos casi impracticables, hasta arribar a la casa de los Betancur.

Convendría comentar que  cuando pasaban por lo que hoy denominamos “Cuesta de la Villa”, la niña experimentó una urgente necesidad, que podríamos calificar de “personal e intransferible” y mientras buscaba un lugar para la tarea, quedó impresionada de la belleza que aparecía ante sus ojos. El denominado valle de Taoro, era una explosión de verdor, cubierto de campos cultivados y flores de todo tipo a lo largo de los caminos, amén de pequeños caseríos blancos que salpicaban el paisaje. Si a ello unimos los diferentes tonos azules del cielo y el mar, junto a la figura imponente del Teide, que se recortaba al fondo, no es de extrañar que la niña quedase hipnotizada. Desde aquel momento pensó que aquel  sería un lugar ideal para vivir. Uno de sus acompañantes le comentó que no hacía mucho, un viajero alemán, un tal Humboldt, al contemplar  ese panorama, había escrito que “no había visto en ninguna parte un cuadro más variado, más atrayente y más armonioso, por la distribución de las masas de vegetación y las rocas”.

Todos los sacrificios del traslado se soportaron con abnegación, porque significaban unos meses saludables para la niña. Con lo que no habían contado los médicos es que, ciertamente el lugar disfrutaba de un clima seco en verano, muy recomendable, pero cuando llegaba el invierno, si bien la humedad era escasa,  la temperatura bajaba muchísimo y las nevadas eran frecuentes, ese año, más que nunca, por circunstancias del destino. La niña cogió una bronquitis de pronóstico y se tomó el acuerdo de trasladarla a la costa, a un pequeño caserío, a los pies de la montaña Chayofita, donde el clima era más benigno y hasta allí se trasladaron en comitiva. La decisión fue un acierto, el clima seco y templado le sentó tan bien que pasó el invierno sin contratiempos. Pero como niña que era, pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre jugando con los hijos de los pescadores y su piel nacarada, elemento fundamental de una belleza de la época, adquirió un tono más bien “negrusio”.

La vuelta al hogar se llevó a cabo sin tantas dificultades como la venida al Sur, pues se realizó en uno de los muchos barquitos de cabotaje que hacían la ruta entre el Sur de la isla y Añazo, para traer y llevar mercancías. Cuando su madre la vio llegar con aquella tez morena, casi se desmaya del disgusto, aunque este pasó  enseguida por la alegría del reencuentro y mostrar la niña un aspecto tan saludable. Ya se encargaría ella que su piel volviese a su tono natural, y por supuesto, esta sería  la primera y última vez que la niña pasaba un invierno en aquel desierto.

Pero una cosa son  nuestros deseos y otra la realidad, a partir de octubre, La Orotava niña volvió a empezar con sus problemas de salud. Esta vez se optó por un lugar próximo a la costa, pero más cercano, y menos árido que el del año anterior. El lugar elegido se encontraba en el litoral del valle de Taoro,  conocido como Martiánez, allí el clima era seco y templado, óptimo para la niña. En efecto, la decisión fue muy acertada, en todos los sentidos, y ésta pasó un invierno estupendo y además cerca del lugar que había podido admirar desde aquella ladera.

Durante varios años se repitió  estancia invernal, ahora sí, con visitas frecuentes de su familia.  Estas fechas coincidieron con los problemas entre sus padres, el nacimiento de Santa Cruz y la viudez de la matriarca. La niña se convirtió en una chica, como hemos dicho ya, bellísima y con una idea fija en la cabeza: quería pasar el resto de sus días en aquel valle y al mismo tiempo, acabar con esos cambios de domicilio periódicos.

Siguiendo las instrucciones maternas, nada más acabado el bachillerato se inscribió en la facultad de Letras de la recién instaurada universidad de La Laguna. Tiene en su currículum dos méritos de los que ha alardeado durante toda su vida: primera mujer que pisó las aulas de la citada institución como alumna,  y primer miembro de su familia en obtener un título universitario. Cuando se encontraba en el último curso de carrera empezó a relacionarse con la “pandilla” de su hermana Fasnia, que estudiaba magisterio. Con quién hacía más migas era con una pareja de  mellizos del norte, los hermanos Realejo, que como pueden imaginar, debido a sus diferencias de estatura, les denominaban “Alto” y “Bajo”, respectivamente.


Como todas las familias “bien” de la isla, eran parientes de alguna manera; según parece, uno de  los acompañantes de su abuelo, Don Alonso, poco después de la conquista se instaló en el valle de Taoro y se había casado con una prima de su abuela, Aguere. Alguno de sus hijos se había colado en un barco de los que pasaban por las Islas con destino a las colonias, tras una discusión familiar y se había instalado en la costa venezolana, en los alrededores de Maracaibo. Pasados los años, a punto de morir y ya viudo, regresó a Tenerife con sus mellizos, Los Realejos.

Los muchachos habían pasado su primera juventud en aquellas tierras y tenían un carácter y una forma de entender la vida que no tenía nada que ver con la que La Orotava estaba acostumbrada. La rigidez, las normas, “el qué dirán” el clasismo, etc. que había mamado de su madre, por un tiempo desaparecieron al contactar con los Realejos. Eran juerguistas y vividores y no había chica a la que no “le echasen los tejos”, aunque con las hijas de La Laguna andaban con muchísimo cuidado.

La chica, enseguida perdió la cabeza por uno de ellos, concretamente “El Alto”, continuando con la tradición familiar que habían inaugurado su abuela, seguido su madre y posteriormente su hermana adoptiva Tejina, es decir, enamorarse de chicos de fuera.  Una vez finalizados sus estudios, La Laguna comenzó a desarrollar sus proyectos de compromiso y boda para la primogénita, que era lo que correspondía en aquel momento.

Ya hemos hablado de sus posibles candidatos y de su negativa absoluta a que la chica emparentase con alguien de las islas. Además, le estaba entrando un poco de prisa, para que formase una familia, ya que ésta en los últimos años se estaba volviendo, como decía su madre “un poquito insoportable”, no queriendo ver la realidad y es que su hija era su vivo retrato tanto físicamente como en lo referente al carácter. Como había ocurrido con ella, quizás por la propia genética, o por el tipo de educación recibida, plagada de condescendencia y adulaciones, la chica fue moldeando un carácter tan similar al de su madre, que como solían decir los conocidos: “era imposible que convivieran dos reinas en un mismo palacio, porque tarde o temprano  se desencadenaría la tragedia”.

 Las frecuentes discusiones se incrementaron desde que La Laguna empezó a hablarle de planes de boda, y ésta responder que ya tenía su candidato, pues a la sordina, los chicos se habían "ennoviado" un día paseando por el Camino Largo. No vamos a detenernos demasiado en el conflicto que estalló, pues ya conocemos a madre e hija y lo podemos imaginar. Toda la familia, amigos y parientes se vieron, sin quererlo, arrastrados al mismo, tomando parte por una u otra, aunque no fuese abiertamente. Al final, su madre cedió, puesto que como decía a quien le preguntaba por su cambio de actitud, el chico al fin y al cabo había nacido fuera, era de buena familia y con medios, y en definitiva ella lo que quería ante todo era la felicidad de su hija (esto último, dicho con la boca pequeña).

 Parece ser que en realidad los motivos fueron otros, en primer lugar, evitar que el escándalo fuese creciendo y saliese de la isla, como había amenazado su hija; en segundo, no dar ocasión a que los chicos cometiesen  una locura irreparable y por último, pensaba que con una boda mataba dos pájaros de un tiro, pues se ponía tierra por medio entre ambas, acabando con las disputas, al tiempo que un marido, como correspondía, moderaría su carácter y la haría más sumisa.

Como suele ocurrir en estos casos, era todo una vana ilusión. La chica se contuvo  mientras se desarrollaban los preparativos y con su actitud sumisa y conciliadora, a la par de desarmar a su contrincante, preparaba el contraataque.  La boda se celebró, como todos los acontecimientos importantes de la familia, en la parroquia  de Los Remedios, convertida ya en catedral de la diócesis. Resultaría prolijo enumerar a los numerosos e importantes asistentes, de la mejor sociedad del Archipiélago, casi todos por parte de su madre y madrina.

Lo realmente destacable, porque iba en cierto modo  a cambiar la historia  de la Isla, fue lo que  sucedió al día siguiente, pues por aquella época no se estilaban lo viajes de “luna de miel” y la pareja pasó la noche de bodas en Aguere. A media mañana se reunió con su madre en el bar del Casino, con un talante muy diferente al que había mostrado desde que se realizaron las amonestaciones hasta el día de la ceremonia, es decir, el día anterior. La Orotava volvía a ser la de siempre, altiva y arrogante, y ahora, como mujer casada, tratando de tú a tú a su madre, actitud que  dejó a ésta   perpleja y estupefacta. Sin mediar palabra, le presentó una lista de exigencias, unas de carácter jurídico y otras, económico.

Entre las primeras, su conformidad con el régimen de  separación de bienes  con su marido (que éste ya había aceptado previamente) pero que debía ser sancionado por el Cabildo, en el que su madre llevaba la voz cantante; compromiso mediante un documento oficial, por parte de La Laguna, de que en los sucesivo no se inmiscuiría en cómo desarrollase su vida y finalmente, que le concediese el título de ciudad, como regalo de bodas. Además, en lo que se refiere al apartado económico, exigía como dote todos los terrenos del valle de Taoro comprendidos entre lo que hoy es la ladera de Santa Úrsula hasta las tierras de la familia de su marido, y desde la costa a la cumbre, incluyendo Las Cañadas.

Ante estas exigencias y la contundencia con que fueron presentadas, La Laguna no se pronunció, abandonó el lugar con el cortado a medias, y nada más llegar a casa se metió en la cama presa de un intenso dolor de cabeza, que no pudieron aliviar los tres “nolotiles” que se tomó.

La Orotava, desde hacía tiempo, había trazado meticulosamente sus objetivos. Ella en su fuero interno lo que quería era ser como su madre, una especie de virreina, con su virreinato, su corte, y poder, mucho poder. Otra cosa que deseaba con ansia desde pequeña era vivir en el valle de Taoro, a la vez que escapar del control materno, pero sin perder su libertad bajo la autoridad de un marido. Todo ello resultaba muy difícil de encajar, no obstante, un matrimonio ”desigual” le permitiría alcanzar sus metas. No es que no amase a su marido, pero como diría su madre y ella suscribía plenamente: “el amor es algo secundario en la vida de una mujer de mi rango”.

Los asesores y juristas  de La Laguna, después de estudiar las peticiones de la recién casada y realizar las consultas pertinentes, le comunicaron que entrar en procesos legales simplemente complicarían la situación, además de que no le convenía que llegaran a oídos de la corte la existencia de tales desavenencias, precisamente en unos momentos en que se estaba barajando el traslado de la Capitanía General al puerto de Añazo. A la “ilustre señora” no le quedó otro remedio que aceptar tales propuestas, porque además habían llegado a sus oídos las intenciones de su hija de reclamar su parte de herencia paterna, de la que ella hasta el momento había venido disponiendo en “usufructo”.

Poco tiempo después, se firmaron los acuerdos; en lo único que no transigió la matriarca era en la concesión del título de “ciudad”, otorgándole uno de un rango inferior: villa. De ninguna de las maneras estaba dispuesta a compartir ese honor, otorgado por sus padrinos y entregado por el emperador Carlos, con alguien más en Tenerife. Al mismo tiempo, la cesión de Las Cañadas se hacía a condición de que se siguiera permitiendo libremente a todos los pastores de la isla pastar con sus rebaños en aquellos terrenos, tal como habían venido haciendo desde la época de los guanches.



Resueltos estos “asuntillos” la pareja se trasladó a sus “dominios”. Se establecieron en un lugar estratégico, desde donde dominaban todos los contornos. La primera decisión que tomó “la señora” fue cambiar de denominación al valle de Taoro, que le resultaba demasiado “aborigen”, por el de “La Orotava”. Su marido aceptó de buen grado, pero el resto de sus vecinos, especialmente el Realejo Bajo, no estuvo tan de acuerdo, considerando que desde tiempo inmemorial se venía utilizando el de Taoro. Además, pudo comprobar que aquella muchachita simpática y agradable, con la que compartía paseos y meriendas en su etapa universitaria, se había transformado en una dama con demasiadas ‘ínfulas”.

La pareja tuvo dos hijos, el mayor, Puerto de la Cruz y la benjamina, Santa Úrsula, de los que hablaremos en próximos capítulos. Las relaciones con su marido fueron relativamente buenas, al menos en los primeros tiempos de matrimonio. Con el paso de los años, en cambio, ésta se fue enfrascando cada vez más en sus obligaciones ”oficiales” dejando un poco desatendido a su marido, e incluso a sus hijos. Ella estaba convencida que siendo hija de quien era, y la única que ostentaba el título de villa en toda la isla, tenía la misión de organizar y dirigir la vida en esta comarca de Nivaria plagada de “magos”.

Su marido, respetando las capitulaciones matrimoniales que habían firmado, procuraba mantenerse en un segundo plano. Pero cada vez tenía más tiempo libre y empezó a pensar que era muy cierto aquel refrán de “dame pan y llámame tonto” y empezó a dedicarse a actividades algo más  “comprometidas”. Había estudiado como sabemos magisterio, más por imposición familiar que por intención de dedicarse a la enseñanza. Cuando acabó, como pretexto para quedarse en Aguere, donde ya tenía novia, cursó un par de ciclos relacionados con la agricultura.

Junto a su hermano habían heredado extensos terrenos en el valle, curiosamente, a la hora de repartirlos, decidieron usar sus “apodos” de la época universitaria: él se quedó con los situados más cerca de la cumbre y su hermano “El Bajo” con los más próximos a la costa.

La Orotava dedicaba la mayor parte de su tiempo, como hemos dicho, a sus funciones “oficiales” y con la llegada de los niños, el que le quedaba para compartir con su marido era escaso, por no decir inexistente. Realejo Alto se cansó de este papel de segundón y acordó con su esposa trasladarse a sus tierras y dedicarse a su puesta en cultivo. Conocimientos no le faltaban, además, él no estaba hecho para las recepciones oficiales cargadas de formalismos. El acuerdo satisfizo a ambas partes, la esposa quedaba libre de obligaciones “familiares”, que para ella eran secundarias, y el marido podría desarrollar libremente todas sus potencialidades, especialmente su vena “parrandera”.

Hacía algún tiempo que por toda la isla se estaba extendiendo el cultivo de pencas para la obtención de cochinilla, que se había convertido en un óptimo negocio. Así que comenzó a cubrir de nopaleras sus tierras. En una de las escasas ocasiones que el matrimonio se encontraba, para hablar prioritariamente de la educación de sus hijos, éste le comentó que ella también podría promover ese cultivo en sus dominios. Cuando lo oyó, puso el grito en el cielo. Jamás se le ocurriría dedicar sus tierras  a las pencas, y menos con ese nombre tan vulgar que tenía aquel insecto: ¡cochinilla! Ella seguiría con los cultivos tradicionales, especialmente el vino, que aportaba “glamour” y distinción. Le aclaró que con ese cambio de cultivos estaba volviendo atrás, que todo lo que había avanzado con sus estudios universitarios y casándose con ella, iba a borrarlo de un plumazo, convirtiéndose en un “mago” como todos los que le rodeaban.

El Realejo Alto, acostumbrado a los desplantes de  su mujer no le hizo ni caso y continuó con sus actividades, pero percibía que la separación de ambos cónyuges era algo más que evidente y lo de matrimonio era para ellos una palabra “vacía”. Además, lo que hasta ahora habían sido pequeñas aventurillas desembocó en un auténtico desenfreno.

Se consideraba un hombre soltero, aunque tenía que guardarle la cara a su mujer, más por temor a su reacción que por respeto. Reinició son fuerza su vida parrandera de antaño y volvió a ser el mujeriego de su juventud. Con la connivencia de su hermano, que permanecía soltero, lo pasaba en grande. Para evitar que sus aventuras llegasen a oídos de su mujer, se trasladaba para divertirse a las zonas más alejadas del norte, Icod y Daute, donde su mujer y su suegra tenían pocos conocidos. No había romería a la que no asistiese, ni moza a la que no galantease.

Pero a diferencia de su vida “festera” los negocios empezaron a ir mal. La cochinilla, que tantos beneficios le había dado en sus primeros momentos, después de algunas décadas empezó a entrar en crisis hasta la quiebra definitiva. Quedó totalmente arruinado. No se sentía con fuerzas para presentarse ante su esposa y pedirle volver al hogar conyugal, así que tomó la determinación de emigrar. Efectivamente, tras la crisis del cultivo de las pencas, miles de isleños  habían buscado el desahogo de la emigración y él contaba con la ventaja de tener mucha familia en Venezuela, que podían acogerlo y ayudarlo. Dicho y hecho, después de una breve despedida de sus hijos y esposa, embarcó rumbo a las colonias. La Orotava no puso pegas, aunque usó muy buenas palabras para animarle, en el fondo no quería tener un fracasado cerca, y mucho tuvo que contenerse para no gritarle : ¡Te lo dijeeeeeeee!

La Orotava comenzó a formar parte de ese numeroso grupo de canarias con su marido en América, y que con el transcurso de los años pasaban a tener ese estado civil indefinido: “ni casada, ni soltera, ni viuda, ni divorciada”. Sin embargo, para ella no representaba ningún tipo de contratiempo porque en estos momentos era, por voluntad y esfuerzo propios, la segunda persona, perdón, localidad, más importante de la isla, objeto de lisonjas, adulaciones y envidias. Con los niños algo crecidos y al cuidado de personas de su confianza, se dedicó de lleno a sus “funciones oficiales” como ella las llamaba, tratando de emular a su progenitora.

Considerando que en aquellos tiempos las rentas agrícolas eran el modo más seguro de mantener e incrementar su riqueza, porque la actividad comercial estaba vedada a las mujeres, y en eso ella era muy tradicional, puso todo su empeño en sacarle todo el partido posible a sus terrenos. No hay que olvidar que poseía casi dos terceras partes de la superficie del valle, con terrenos aptos para todo tipo de cultivos, ya que se extendían, sin solución de continuidad,  de mar a cumbre. Además, contaba una enorme masa forestal y por encima de ésta, la mayor parte de las cumbres de la isla, Las Cañadas.

Comenzó por poner en cultivo todas las zonas apropiadas, para lo que pactó con un gran número de medianeros: El Rincón en la costa, La Florida, Las Dehesas y Pinoleris en las medianías, y Benijos y Aguamansa en la zona alta. Ésta última, además de desempeñar funciones de guardabosques, se dedicaba a la cría de truchas aprovechando la abundancia de agua.

         Las Cañadas eran un lugar inhóspito y hasta cierto punto remoto, por lo que su utilidad económica era escasa. Además, no podía obtener beneficio alguno del pastoreo estacional que allí realizaban los rebaños de toda la isla, según el compromiso del acuerdo de cesión. Pero ella supo aprovechar de alguna manera esa propiedad. Además de instalar infinidad de colmenas, de las que obtenía pingües beneficios,  montó una especie de fonda, con mesón incluido, donde llaman “El Portillo de la Villa”, en el que descansaban todos los viajeros que hacían la ruta que discurría entre Chasna y el norte de la Isla.

Y hablando de las Cañadas, también supo sacar beneficio de aquella naturaleza salvaje. Todos los años, por las fiestas del Corpus, encargaba a numerosos artesanos la confección de un enorme tapiz alusivo a la festividad,  en la plaza que existía delante de su palacio. Para ello se utilizaban enormes cantidades de arenas de colores procedentes de la cumbre. También procedían de Las Cañadas las flores con cuyos pétalos esos mismos artesanos confeccionaban las llamadas “alfombras”; con ellas se tapizaban las calles de la villa durante la procesión.

Como su madre, fomentó las tradiciones, aunque ella desde su “clasismo” procuraba mantenerse al margen. Le gustaba ver  a sus medianeros y familias divertirse, pero sin tomar parte. Para competir con la de San Benito de La Laguna, apoyó por todos sus medios la romería de San Isidro Labrador que todos los años celebra la Villa, alcanzando fama por todo el Archipiélago. No perdía ocasión de “picar” a su madre hablándole de la enorme participación de “la última” y a partir de ahí se iniciaba la discusión de cuál era la mejor; lo único que no ha conseguido aún es que la suya adquiera la categoría de “regional”, pero como suele decir: “todo se andará”.

Ella prefiere no mezclarse con el pueblo, su rango y distinción no se lo permiten. Se considera muy por encima de todas las localidades de los alrededores y no pierde ocasión de recordarles que ella es nada más y nada menos que “La Villa”. Jamás acude a sus invitaciones, poniendo cualquier excusa. Ella prefiere los actos que celebra el Liceo Taoro, del que es socia de honor.

Volviendo a su historia matrimonial, resultó que tras varios años, Realejo Alto volvió a la isla provisto de una gran fortuna; todo el mundo sabe que en América no es nada extraño enriquecerse con la mitad de esfuerzo que en las Islas. Pero ya nada era igual, con los hijos emancipados, acostumbrado el uno y el otro a hacer su vida por separado, decidieron que el matrimonio ya no tenía sentido, así que siguió cada uno su camino. Eso sí, para no dar disgustos a La Laguna, y también por “el qué dirán”, a efectos legales seguirían casados. Lo único que le pidió la esposa es que le guardase la cara y no la pusiera en evidencia con sus aventuras futuras.

Realejo Alto vino acompañado de dos chicas desde Venezuela, La Perdoma y La Cruz Santa, ambas muy bonitas y educadas, a las que  presentó como sobrinas (hijas de un primo hermano). Se las había traído de Venezuela a petición de su padre para que estudiasen y se forjasen un porvenir bajo la protección de su tío, ya que en Venezuela se estaban poniendo las cosas muy complicadas por los intentos de  independizarse de la metrópoli. A las malas lenguas les faltó tiempo para decir que eran en realidad hijas suyas, edad tenían para ello, pero esto era solo maledicencia.



Durante un tiempo y mientras él ponía en orden sus asuntos, estuvieron residiendo con La Orotava, que se encargó de matricularlas en el colegio de monjas de la villa y cuando acabaron el bachillerato les pagó un curso de corte y confección, porque no tenían ningún interés por estudiar en la universidad. La Orotava se encariñó especialmente con La Perdoma, que se instaló  muy cerca de ella. Su protectora no ha dejado de ayudarla, así, su taller de costura tiene la exclusiva de los trajes de magos que se confeccionan cada año en la villa para la romería de San Isidro. Aunque sea adelantar acontecimientos, que serán tratados en capítulos sucesivos, ambas están locamente enamoradas de su “medio primo” el Puerto de La Cruz.

La Cruz Santa, en cambio, está más apegada a su tío, por lo que instaló su vivienda y taller de costura cerca de éste. Para que no fuera menos que su hermana y también por chinchar a su mujer, su tío le montó otra romería dedicada a San Isidro, que a decir verdad, no tiene que envidiar a la de la Villa, y lógicamente, concedió a su taller la exclusiva en la confección de trajes de magos.

Para finalizar, en lo relativo a “las morochas”, como suele llamarlas Realejo Alto, ya que son mellizas, aunque sin profundizar demasiado porque se hablará de ello más adelante, hay que decir que Realejo Bajo fue padrino de confirmación de La Cruz Santa, y a partir de entonces, cada año celebra por el día de su santo unas fiestas de renombre en todo el Archipiélago.

En ese afán por compararse a su madre, La Orotava sintió un terrible ataque de celos cuando aquella fue nombrada “Ciudad Patrimonio de La Humanidad”. Este ataque fue tan fuerte que comprometió seriamente su salud, estuvo meses sin hablar con su progenitora usando pretextos de todo tipo, con tal de no felicitarla. Cuando se llevó a cabo la entrega del galardón, en Aguere, y no le quedaba otro remedio que asistir, un “inesperado” cólico nefrítico  le evitó el mal trago de tener que asistir al evento.

Comprendió que no le quedaba otro remedio que repetir el “triunfo” de su madre para alcanzar  la paz espiritual, o como diría su marido, en lenguaje coloquial, para no seguir “encabronada” lo que le restaba de vida. Invirtió un auténtico capital en una firma de asesores para conseguir un galardón similar, la respuesta fue que aunque sus dotes eran comparables a las de su madre, no presentaba ningún aspecto “original” como ella. Pero La Orotava no se rindió y siguió moviendo hilos y mandando transferencias. Pocos años después, consiguió, eso sí, limpiamente, que el Parque Nacional del Teide, fuese declarado también Patrimonio de la Humanidad, colmándola de felicidad y orgullo, porque al fin y al cabo se encontraba en su jurisdicción, pero sobre todo, porque su madre dejaba de ser “la única”.

Con el paso del tiempo, igual que le ha ocurrido a su progenitora, la vida  ha ido templando su carácter. Sin dejar de ser la gran dama del norte de la isla, “La Villa”, como a ella le gusta que la llamen, se ha ido adaptando a los tiempos modernos, sobre todo a causa de su hijo, el Puerto de La Cruz, que ha tenido siempre un espíritu avanzado y cosmopolita.



José Solórzano Sánchez ©


viernes, 20 de diciembre de 2019

HISTORIAS DE LA FAMILIA NIVARIA-ACHINECH. 2. LA LAGUNA. LA ILUSTRE DAMA.




       
 


             Si hay un miembro de la familia Nivaria-Achinech que brille con luz propia, esa es La Laguna, y no solo porque sea la matriarca, sino porque desde el momento de su nacimiento se vio favorecida con todo tipo de honores y reconocimientos.

        Es hija única de un conquistador castellano nacido en Sanlúcar de Barrameda, el Adelantado don Alonso Fernández de Lugo, y de Aguere, una chica de origen isleño, de la que no se sabe demasiado. Sus padres se casaron al poco tiempo de pisar el Adelantado la isla  y la niña nació un año después.

Si bien es cierto que la fecha de su nacimiento no está muy clara, hay que decir también, que de alguna manera, ella es la responsable de tal confusión. Es evidente que tuvo que ser entre 1496 y 1497, pero según parece, cuando estaba por casarse, al pedir la partida de bautismo de rigor, posiblemente el párroco debió confundir la fecha y desde ese momento comenzó el lío. Las malas lenguas dicen, en cambio,  que fue ella quien pidió que apareciese el año siguiente, y así igualar su edad a la del futuro marido, porque en aquella época eso de que el novio fuera menor que la novia era un poco difícil de digerir, a menos que fuese por interés. Ya tuvo bastante enfado cuando le llegaron los comentarios y chismorreos de sus parientas de otras islas con referencia a la edad del prometido. El berrinche fue tal que a punto estuvo de no invitarlas a la boda, pero sus allegados la tranquilizaron diciendo que todo era producto de la envidia de unas pobres “solteronas”.

Fechas aparte, lo que sí está  perfectamente documentado es su bautismo, que fue el acontecimiento más solemne y grandioso que se había vivido en la isla hasta el momento. Hay que tener en cuenta que el matrimonio de sus padres, poco tiempo atrás,  había tenido lugar en un momento de conquista y operaciones militares y no estaba el ambiente para grandes eventos. Fueron sus padrinos nada menos que los reyes  doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón, eso sí, delegaron su participación en la ceremonia en una pareja de nobles, porque las comunicaciones por vía marítima con las Islas en aquella época eran muy lentas y además su agenda se lo impedía. Por lo que podemos afirmar que se trató de un padrinazgo “por poderes”.

No obstante, su ausencia se vio compensada por toda una serie de regalos de gran valor, especialmente el que le concedió el emperador Carlos V, nieto de sus padrinos, años más tarde: ¡nada menos que el título de ciudad!  Hay que decir que el presente empezó a tramitarse desde el momento del bautizo, pero ya se sabe que las cosas de palacio van despacio y mucho más en unos tiempos tan convulsos como aquellos.

Ese regalo fue muy especial para ella, porque se convirtió en la única de la isla en ostentar el citado título durante siglos. Incluso cuando su hija mayor, La Orotava, se casó y abandonó el hogar familiar, lo más que le permitió fue que portase el de “villa”. A pesar de que la distinción de ciudad llegó con los años, si obtuvo un regalo inmediato de sus padrinos, seguramente de mayor trascendencia, y fue precisamente el de “sede del Cabildo de Tenerife”. Este le permitió regir durante centurias el destino de toda la isla, con  lo que ello conllevaba, desde el punto de vista económico y, sobre todo,  de “estatus”, que para ella ha sido siempre lo más relevante.

La Laguna creció “entre algodones” rodeada de mimos y del cariño de sus padres, sirvientes y conocidos. Desde muy pequeña tuvo a su disposición una corte de ayas, damas de compañía, institutrices, maestros de latín, de gramática, de música, confesores, etc. que la convirtieron en  la dama más ilustre de la isla, y con el permiso de Las Palmas, de todo el Archipiélago.

Conforme pasaban los años aumentaba su belleza y distinción, a la par que se enriquecía tanto en el orden cultural como en el económico: palacios, iglesias, conventos, plazas, edificios públicos, etc.

Pero la belleza física no siempre va acompañada de la espiritual, y por desgracia, tanta atención y consideraciones fueron moldeando en la muchacha un carácter altivo, caprichoso y tremendamente clasista.

Una anécdota de su juventud, muestra palpable de su carácter, fue la que se produjo al conocer la existencia de la ciudad de México. Estaba muy orgullosa de su nombre, que evocaba a la pequeña laguna  existente en la vega a la llegada de los conquistadores y se consideraba única y exclusiva en todos los órdenes; además, no había nadie a su alrededor que le llevase la contraria. Cuando se enteró que la ciudad de México había tenido también origen vinculado a una laguna, pero no a sus riberas, sino a su interior, se llevó una sorpresa muy desagradable, porque su presunta “originalidad” quedaba en entredicho.

Inmediatamente exigió a sus padres que preparan el viaje para conocer a su competidora y comparar sus respectivos atributos. De nada sirvieron “los peros” de sus progenitores y personas de  confianza: que si el peligro de los piratas y corsarios, que lo largo y costoso del viaje, la belicosidad de los indígenas, etc. Fue tal su enfado ante la imposibilidad de cumplir su capricho que comunicó a sus padres que se metía a monja, que no quería tener relación con quien no la ayudaba a cumplir sus deseos, o mejor dicho, caprichos.

Para no empeorar aún más la situación y conociendo bien el carácter variable de la muchacha, sus progenitores accedieron a que se instalase con todas las comodidades, eso sí, en el convento de Santa Catalina,  que se encontraba en la plaza dedicada a don Alonso. En realidad apenas residió allí unas semanas, pero este breve paso por la vida conventual tuvo una gran repercusión en su  historia futura.

Por una parte le permitió conocer a Sor María de Jesús, “La Siervita” con la que estableció una estrecha amistad y se convirtió en su mejor amiga, confidente y consejera. Esta relación duró hasta el fallecimiento de la religiosa, incluso, hasta después de muerta. Tal es así, que  desde que se descubrió su cuerpo incorrupto, tres años después del fallecimiento, La Laguna ha venido organizando, año tras año, cada 15 de febrero, las visitas de los devotos de esta religiosa sauzalera, para rendirle homenaje.

Por otro lado, el paso por el convento también la llevó a tomar la decisión de no salir jamás de la isla. En tono altivo, comunicó a sus padres a la vuelta a casa, que como se le había impedido trasladarse a  México, a pesar de sus enormes deseos, en lo que le restase de vida se negaba a realizar cualquier viaje que implicase tomar un barco. Al tiempo, y para dar más  fuerza a su decisión,  hacía otro tipo de comentarios que evidenciaban su carácter “clasista”, por no emplear otros términos más duros. Así, comentó, que de todas formas  no merecía la pena tanto esfuerzo para conocer una muchacha de “las Indias”, que con seguridad no tendría punto de comparación con la hija de un Adelantado de Canarias, además  apadrinada por los Reyes Católicos; por último añadió, para apuntillar, que así se evitaba el mal rato de tener que pasar por el muelle “de los chicharreros”, a los que consideraba gentuza de mal vivir.

Poco imaginaba la chica que al tomar esta decisión y darle tanta publicidad (excusa para no admitir públicamente  que había dado su brazo a torcer con la vuelta a casa) se iba a perder la posibilidad de conocer otros lugares más allá de Nivaria. Jamás ha asistido a ningún evento o celebración, familiar u oficial en la Península e incluso en el resto del Archipiélago, y mucho menos en el extranjero.



Cuando con el paso del tiempo, el descubrimiento de la navegación aérea, le hubiera permitido desdecirse de su anterior promesa, dado que los viajes en avión no se contemplaron en su momento, ante las indicaciones de alguna de sus hijas en este sentido, La Laguna se ratificó, si cabe con mayor vehemencia, en su decisión. No obstante, por un momento dudó cuando se enteró del chollo del descuento por residente, pero ni siquiera este hecho la hizo cambiar de opinión. Alegó que a esas alturas de su vida no existía nada de interés fuera de Tenerife, donde ella era lo verdaderamente importante, y que correspondía, en todo caso, al resto del mundo venir visitarla ¡mira que la soberbia es mala consejera! Pero quizás esas palabras fueron en cierto modo premonitorias  en relación al desarrollo turístico que experimentaría la isla en un futuro ¡vaya usted a saber!

La chica fue creciendo y experimentando todo lo bueno y lo menos bueno que tiene el paso del tiempo. Sus padres fallecieron uno tras otro en un breve lapso de tiempo, con la pena de no haber asistido a la boda su unigénita. Pero la soberbia de la muchacha le impedía un candidato acorde con su estatus, o mejor dicho, con lo que consideraba que era su estatus y cada vez se veía más lejano el momento de un compromiso. Se le podía aplicar perfectamente aquel dicho trasnochado de “los de infantería no llegan y los de caballería se pasan”. Para ella todos los pretendientes del Archipiélago eran “infantería” por lo que los descartaba a la primera de cambio. Tenía sus ojos puestos en otros ámbitos, como por ejemplo un Valladolid, de ilustre ascendencia y que había sido residencia real, o un muchacho vasco, Bilbao, que empezaba a despuntar por su potencia marítima e industrial, y además, como solamente ostentaba el título de villa, en caso de matrimonio, ella siempre estaría por delante, en lo que a estatus se refiere.

Pero no acababan ahí sus pretensiones, soñaba que tal vez un Londres, un Berlín o un Milán, que  formaban parte de la más rancia aristocracia europea de la época,  podían fijarse, por qué no, en una ilustre y bella moza como ella; aunque se tratase de galanes ya entraditos en años, tenían otras contrapartidas muy interesantes.

En este estado se encontraban las cosas cuando La Laguna y todos los que la rodeaban pudieron comprobar como las ilusiones y los deseos (o “los pajaritos en la cabeza”, como solía decirle sor María de Jesús, en sus largas conversaciones) cambian de la noche a la mañana. Quién le iba a decir que aquel joven que le ofreció agua bendita nada más entrar en la iglesia del Cristo para oír misa,  iba a borrar de un plumazo a todos sus pretendientes seguros o ficticios.

En efecto, se trataba de un apuesto joven castellano, aparentemente de una excelente familia, que había llegado hacía poco a la ciudad como Capitán General (ya que aquí se asentaba la Capitanía). Su uniforme y ese acento ”peninsular” la sedujeron desde el primer momento. Estaba segura de que su padre estaría conforme, por tratarse de un militar  peninsular como él.

Y no hubo más que hablar: tanto la pareja como las fuerzas vivas de la ciudad, cada uno por motivos diferentes, decidieron que la boda debía celebrarse cuanto antes. En este episodio fue La Laguna la única que se movió según los dictados de su corazón, estaba realmente enamorada, sin pensar en otro tipo de consideraciones, al menos en un primer momento. El pretendiente, en cambio, solo tenía una intención, como la de muchos funcionarios que eran destinados a las islas por aquella época, es decir, dar el “braguetazo”. Encontrar una joven (o no tan joven) distinguida, y mediante un rápido casamiento ascender en la escala social a la par que mejorar su situación económica. Por otra parte, las fuerzas vivas de la ciudad también estaban deseando casar a la muchacha cuanto antes, pensando que tal vez  los hijos y sobre todo, el sometimiento a un marido autoritario, lograsen domar su carácter.

La boda fue un auténtico acontecimiento, casi tanto como el de su bautismo. Asistieron representantes oficiales y parientes de todas las islas. De Fuerteventura vinieron Antigua y Betancuria, muy achacosas ya; de Lanzarote, Teguise y su mujer Haría; de La Palma, unas parientas lejanas, Puntagorda, Puntallana y Garafía, así como Valverde del Hierro. San Sebastián de la Gomera no pudo asistir al encontrarse indispuesto tras una caída desde lo alto de una palmera mientras extraía guarapo. La  más esperada, Las Palmas, no asistió  pretextando que hacía muy poco que había sufrido el ataque de Hawkins y Drake y no podía abandonar la isla. Sin embargo, todos eran conscientes de que su excusa pretendía ocultar la animadversión existente entre ambas, por su pretensión en ser reconocidas, tanto una y otra, como “la más” (no importa qué) del Archipiélago. Pero La Laguna estaba tan feliz ese día que perdonó el desplante.

¿Y qué puede ocurrir de la unión de un ser y otro ser? … pues que nace otro ser, en este caso, nacieron varios seres. La Laguna se propuso recuperar el tiempo perdido y los  niños, o mejor dicho, las niñas,  fueron llegando tras los intervalos de rigor, eso sí, intervalos muy breves.

Así vinieron a este mundo, o más correctamente a esta isla, La Orotava,  Güímar, Vilaflor, Arico (ojito derecho de su padre) y Fasnia. Las  cinco criaturas ocupaban todo el tiempo de su madre, que poco a poco se fue distanciando de la vida social. Su marido, el Capitán General, por el contrario y alegando obligaciones de su cargo, cada vez dedicaba más tiempo a estos quehaceres, obviamente, en solitario. Poco a poco La Laguna fue tomando conciencia de la situación, por sí misma y por los comentarios que le llegaban. Al final se desencadenó el desastre, como tenía que ocurrir.

El Capitán General se confió demasiado y fue puesto en evidencia por su mujer. Ante su insistencia, no consiguió explicar de manera  convincente sus visitas continuas a ese lugar “de mala vida” que era el puerto de Añazo. Alegó que el Gobierno estaba pensando en trasladar allí la Capitanía desde La Laguna y tenía como misión conseguir terrenos a buen precio. La discusión alcanzó niveles insoportables y acabó cuando en un determinado momento la esposa llamó al marido “godo jed…” quedó paralizada, avergonzada, porque sin proponérselo, había reproducido el mismo insulto que tanto aborrecía  y que aplicaba su madre a su progenitor en su frecuentes disputas.

Lo cierto es que  tras pedirse perdón mutuamente, la pareja se propuso retomar su relación con el mismo espíritu de sus comienzos. Fruto de este breve periodo de calma matrimonial es la benjamina de la familia, Santa Cruz. Decimos breve, porque como sostiene el refrán, “la cabra tira al monte” y en este caso no podría ser más preciso. Las desavenencias volvieron a surgir cuando aún en “la cuarentena” el Capitán General dejaba a su mujer con sus seis vástagos y asistía a los bailes de Carnaval en el casino y en el teatro Leal ¡no se perdía uno! Él alegaba que eran obligaciones de su cargo y ella transigía, con tal de que no asistiese a los del carnaval chicharrero.

Pero ahí no quedó la cosa; huyendo del entorno de la Vega, donde su mujer tenía mil ojos, el Capitán se encaprichó de la hija de una lechera de Los Batanes, y en cuanto tenía un rato libre cogía el caballo y subía por aquellos senderos al encuentro de la “lecherita”. Y como es lógico, ocurrió lo que tenía que ocurrir en estos casos. Primero, que de esos amores nació una criatura, de la que hablaremos en otro momento, y segundo, que La Laguna se enteró de esta historia y un día, concretamente un 25 de julio cogió un carruaje y esperó a su marido en el Llano de los Viejos.

Podemos imaginar el contenido de la conversación entre ambos. La Laguna se mantuvo digna e incluso distante, evitó por todos los medios proferir aquel insulto que continuamente se le venía a la boca y le advirtió que a partir de ese día “el caballero” dormiría en Capitanía. Cuando volvía a casa, entrando en la ciudad por el camino de Las Peras, sufrió un aparatoso accidente con el carruaje, justo en la puerta de un asilo regentado por religiosas. Fue atendida por éstas y varios ancianos, mientras venían los doctores. Quedó muy impresionada por el suceso, sobre todo al pensar que podría haber dejado seis huérfanos, atribuyendo su buena suerte al santo de la fecha, precisamente San Cristóbal.

A partir de ese día, portaba siempre una medalla de éste e incluso incorporó el “San Cristóbal” en los documentos oficiales cuando firmaba. Además, decretó el patronazgo del santo para todos los carruajes de alquiler (con posterioridad, también para los taxis). Por último, en agradecimiento a los ancianos y religiosas del asilo, que la habían socorrido, estableció que todos los años, el día del patrón, los carruajes de alquiler de la ciudad deberían llevar de “gira” a los ancianos del asilo, preferentemente al monte de Las Mercedes. Como sabemos, esa costumbre posteriormente fue incorporada por los taxistas al desaparecer los carruajes.

Una cuestión que podría haberse convertido en un grave problema en aquellos momentos, por lazos del destino se resolvió con gran celeridad. Las espadas estaban en alto, las fuerzas vivas de la isla contenían la respiración sin atreverse a pronunciarse,  temiendo una explosión de ira de la ”señora” y nuevos conflictos entre el poder civil y militar, como había ocurrido tradicionalmente, al menos hasta el matrimonio, cuando las cosas se calmaron.




En esta situación intervino Sor María de Jesús nuevamente. Ante la imposibilidad de anular el matrimonio, aconsejó al marido que pidiese urgentemente un traslado a la Península, algo que consiguió con prontitud debido a “los contactos” que mantenía la esposa en la corte. La Laguna justificó su permanencia en la isla para no incumplir su promesa de no usar jamás un barco. La fortuna o infortunio, en el caso del protagonista, hizo que un inesperado accidente al poco tiempo de su traslado acabase con la vida del Capitán General y a la vez, con una situación incómoda para la esposa, que no era ni casada, ni soltera, ni viuda ni divorciada.

Pasada página de esta etapa de su vida, “la ilustre dama” se dedicó con ahínco al cuidado y educación de sus retoños y a todo tipo de actividades. De su infancia y juventud guardaba un gusto especial por la gramática y el latín, y por las actividades culturales en general. Ahora podría dedicarse plenamente a éstas. Así consiguió, por bula del papa Benedicto XIV la primera universidad “completa” de Canarias, a cargo de los agustinos. Sin embargo, ésta duró muy poco y después de diferentes etapas de aperturas y supresiones, instigadas en muchos casos por Las Palmas, ésta se suprimió definitivamente convirtiéndose en instituto de Segunda Enseñanza, el primero y único de Canarias. Posteriormente la universidad sería restaurada y esta vez de manera definitiva. A pesar de tales vicisitudes, la ciudad se enorgullece de ser considerada, tradicionalmente, como la capital intelectual de Archipiélago, pese a quien le pese y de ello son también buena muestra la Real Sociedad de Amigos de País y el Ateneo.

La música fue, paralelamente, una actividad por la que mostró gran interés. Además de hacer construir un teatro, como ella decía, “digno de sí misma”, patrocinó la creación de una institución de gran relevancia cultural para la ciudad, y por qué no decirlo, para sus intereses personales. En efecto, cuando los carnavales de los chicharreros comenzaron a adquirir importancia, mandaba todos los años al “Orfeón” a participar en el concurso de rondallas. Se decía que para echar un ojo discretamente a su hija menor, pero en realidad, todo formaba parte de una estrategia fruto de su espíritu “clasista”.

Desde muy niña odiaba todo lo relacionado con “el chicharro”, y eso que jamás había pasado de La Cuesta de Arguijón.  Esta inquina se acentuó por los problemas que tuvo con su marido y sus continuas visitas al puerto, y mucho más cuando su hija menor se independizó y se fue a vivir allí. En realidad, es posible que en su fuero interno temiese que tarde o temprano, aquel lugar de mal vivir, “al final del camino que bajaba de La Laguna”, como solía decir, llegase a suplantarla como cabeza de Nivaria, e incluso del Archipiélago.

Pero volvamos al Orfeón y a los carnavales. Es fácil comprender la sensación de orgullo y superioridad que la embargaba, sobre todo por el sentimiento de humillación que adivinaba en los chicharreros, cada vez que el Orfeón, única representación lagunera frente a numerosas rondallas locales, subía cargado de triunfos por la carretera de la Cuesta. Como solía decir: “donde hay clase y distinción, que se quite la chabacanería”, dando a entender que en la única actividad realmente “cultural” del carnaval, sobresalía el “espíritu” lagunero.

Cambiando de tema, La Laguna siempre mostró un fuerte sentimiento religioso, algo que no está reñido con su carácter, pues como dice el refrán “a Dios rogando y con el mazo dando”. Patrocinó, desde muy joven, la instalación de conventos, capillas, ermitas e iglesias por toda la población y sus alrededores. No podemos olvidar que la parroquia de Nuestra Señora de La Concepción es la más antigua de Tenerife y el germen de las que surgieron posteriormente y ocuparon todo el territorio insular. Pero su preferida, por la devoción que profesa a la imagen que allí se venera, es la del Cristo. Allí acude todos los viernes a oír misa, y además de ornar sus alrededores con una gran plaza, dedica una sustanciosa dotación económica a las fiestas de septiembre. Los domingos, en cambio, oía misa en la iglesia de San Agustín, que le venía más cerca. Se llevó un disgusto mayúsculo con el incendio de la asoló, sobre todo porque además, casi acaba con el Instituto de Canarias. A partir de entonces, acude a sus obligaciones dominicales de manera alternativa a la Catedral o a la Concepción.

Y hablando de Catedral, tal como ocurrió con la universidad, La Laguna no tuvo demasiada suerte en sus primeros momentos. En efecto, después de muchos tiras y aflojas consiguió la creación de la diócesis nivariense, segregada de la canariense, con sede en Las Palmas y establecida desde la conquista. La parroquia de Los Remedios adquirió por tanto, la categoría de catedral. Sin embargo, con posterioridad se produjo una supresión temporal de la misma y las cosas volvieron a su punto inicial, con el consiguiente disgusto de La Laguna, y de la isla toda, por qué no decirlo, y el consecuente regocijo de Las Palmas. Por fortuna para ella, con el paso del tiempo volvió a ser restablecida. Pero los efectos de aquellas disputas aún persisten en la actualidad, porque la “ilustre señora”, cada vez que oye hablar en los medios de comunicación de la isla vecina de la diócesis “de Canarias”, traducción literal de “canariensis” como si solamente existiera una en todo el Archipiélago, monta en cólera contra su parienta canariona, porque sabe que se hace a propósito para molestarla.

Citamos antes de pasada el incendio de la iglesia de San Agustín y habría que señalar también que La Laguna piensa, aunque jamás lo ha verbalizado, que debe existir una maldición  (o una suerte de mal de ojo) en el tramo de la calle homónima que separa el Instituto de la sede del Obispado. Si no ¿cómo se explicaría que los dos incendios más pavorosos que se recuerdan en la ciudad se hayan producido en la citada iglesia y el edificio del Obispado, distantes ambos apenas 180 metros?

Para finalizar el repertorio de actividades que inspiran su fervor religioso, además de las ya citadas fiestas “del Cristo”, La Laguna organiza una Semana Santa considerada la de mayor solemnidad de la isla, en cuyas procesiones participa con especial devoción, aunque siempre se ha negado a utilizar la peineta en su atuendo, alegando que una simple mantilla es reflejo de la auténtica “canariedad”. Del mismo modo, cada segundo domingo de julio celebra la tradicional romería de San Benito, de la cual se siente especialmente orgullosa. Su hija, La Orotava, le recuerda muchas veces, que la que se celebra en la villa, en honor a San Isidro Labrador es mucho más antigua, y posiblemente más concurrida, a lo que ésta le responde, en este continuo afán por ser “la más de la más”  que diga lo que diga, la de San Benito es la única del  Archipiélago con categoría “regional”.

Un episodio desconocido en la vida de La Laguna y que vamos a desvelar por primera vez en este relato hace referencia a la relación entre la ciudad y el corsario Amaro Pargo. En efecto, siempre se ha asociado la figura de este “corsario-prestamista-comerciante” lagunero con sor María de Jesús, “la Siervita”, a quien profesaba una especial devoción, llegando incluso a financiar su funeral y su sepulcro. Pero lo cierto es que la monja sauzalera fue, en cierto modo, una excusa para unos amores prohibidos. No quiere decir esto que la devoción y el afecto del corsario  hacia la religiosa fueran falsos, pero había otros motivos ocultos en sus constantes visitas al convento de Santa Catalina, donde poseía en propiedad algunas celdas, colaborando económicamente, además,  en el sustento de las religiosas.

En una de sus frecuentes visitas al convento para departir con “la Siervita” tuvo un encuentro inesperado en el claustro con la amiga y confidente más ilustre de aquella, La Laguna, por aquellos años aún casada con el Capitán General. De este fugaz encuentro sin tan siquiera una palabra, surgió una admiración e interés intensos entre ambos. Pero La Laguna era mujer de profundas convicciones, no solo religiosas, sino también morales, y para evitar caer en la tentación suspendió por un periodo prolongado las visitas a Santa Catalina.



Al enviudar, se sintió completamente libre, pero no lo suficiente como para iniciar una relación pública que acabase en nuevo matrimonio, y mucho menos con un “corsario”, porque jamás sería aceptado por la sociedad isleña de la época. Sin embargo, no estaba de acuerdo con que la viuda “debía enterrarse en vida” y sus entrevistas  con la “siervita” volvieron a reanudarse, con el pretexto de buscar consuelo en sus consejos, y la esperanza de encontrarse nuevamente con don Amaro. Y tal como ambos personajes deseaban, éste se produjo y no fue el único. Lo cierto es que en alguna de aquellas celdas de Santa Catalina, aunque solamente sus protagonistas podrían corroborarlo, tuvo lugar el ansiado e íntimo acercamiento, en el mayor de los secretos. A partir de ese día no volvieron a verse nunca más. Pero fue el origen del mayor de los secretos de la “ilustre dama”, por no decir el único, ya que todos lo desconocen, incluso sus más allegados, familiares o no.

En este breve relato se hace público el mismo, eso sí, sin el consentimiento de la protagonista, que en cuanto tenga noticias del mismo lo va a desmentir oficialmente. Aquel encuentro en Santa Catalina, como no es de extrañar, produjo un embarazo, que La Laguna se encargó de ocultar hasta la fecha de hoy. A los tres meses del mismo, alegando una pulmonía persistente por la humedad de la vecina laguna y del entorno de la vega comunicó que se trasladaba a los altos de Chasna, con un clima más seco y soleado, y donde podría realizar sus ejercicios espirituales con el hermano Pedro de San José Betancur. Allí residió durante seis meses, casi sin servicio, alejada de todo y de todos. De nada sirvieron las llamadas de las distintas personalidades de la ciudad, ni el acuerdo del Cabildo de la misma de desecar definitivamente la pequeña laguna, para evitarle las humedades. En el momento justo, tuvo lugar el nacimiento de dos mellizos, que  rápidamente fueron embarcados en el pequeño muelle del Médano, en un bote que trasladaba tomates a al puerto de Añazo e internados en la  Casa Cuna. Absolutamente nadie, ni siquiera el padre de las criaturas, tuvo conocimiento de estos hechos hasta el día de hoy, en que se hacen públicos por primera vez, como ya hemos señalado.

Tras estos acontecimientos, La Laguna piensa frecuentemente en las paradojas que tiene la vida; ella, que nació lejos de la costa, en un ámbito insular, precisamente por el temor a los ataques piráticos, pasado el tiempo tuvo una aventura inexplicable con un  corsario, aventura que no deja de recordarle la presencia de los mellizos.

La Laguna llevaba mucho tiempo con su orgullo herido desde que prácticamente, ni se le tuvo en cuenta cuando se celebró el concurso de “Miss Capital del Archipiélago”. Como mujer, aún no ha digerido totalmente que se hablase de la suya como una participación “testimonial” frente a otras candidatas más jóvenes. Lo único que mitigó algo su desagrado fue que el título lo ganase su hija  y quedase en la isla, frente a las Palmas. Tampoco ha llevado muy bien en encumbramiento de Santa Cruz como ciudad principal de la isla, hecho que  representó para ella cierto grado de marginación durante bastante tiempo. Con respecto a Las Palmas, jamás le perdonará el desmembramiento de su universidad, olvidando quizás, que mucho tiempo atrás ella hizo lo mismo con la diócesis.

Sin embargo, últimamente vive una vejez inmensamente feliz, querida y respetada  sus hijos y nietos, sobre todo después de serle otorgado el título de “ciudad Patrimonio de la Humanidad”, por una gente de fuera, de  apellido UNESCO. Incluso a la hora de recibir el galardón fue fiel a su promesa de no coger el barco para trasladarse al extranjero, y en atención a su edad, se lo entregaron en casa. Ese día fue uno de los felices de su vida, porque al final, después de tantos desprecios y sinsabores, se reconoció internacionalmente que era la más “especial y original” de las ciudades del Archipiélago.

José Solórzano Sánchez ©