“El que
no sabe es como el que no ve”
En mi
reciente visita a la ciudad de Vitoria, una de las curiosidades que más
despertaron mi interés fueron los murales que adornan muchos edificios del casco
viejo (o almendra medieval, como suelen denominarlo). Aunque había recabado
bastante información previa sobre los lugares que sería imprescindible conocer,
para tener una visión medianamente completa de la ciudad, dentro de lo que es
posible realizar en una corta visita de tres o cuatro días, no encontré nada
relativo a estos murales. La página web del ayuntamiento y otras similares que consulté no hacían
referencia alguna a éstos. No obstante,
a posteriori, he tenido ocasión de comprobar que existe en la red bastante
información, fundamentalmente blogs, relativa a los mismos.
No me
resultó extraño el impacto que me
produjeron cuando los fui descubriendo
mientras paseaba por las calles del casco viejo vitoriano. Más que sus
dimensiones, lo que me atrajo fue sobre
todo, el contraste de su vivo colorido con los tonos ocres tanto de los
edificios en los que se insertan como
los del entorno.
Casi
todos los que descubrí se encontraban en las inmediaciones de la Torre de doña
Otxanda, y algún otro en el lado opuesto del casco viejo. Todos fueron
fotografiados como no podía ser menos. Sin embargo, paseando la última
noche de mi estancia por los alrededores
de la catedral vieja, a modo de despedida, descubrí uno más mientras deambulaba
por la calle de Santa María. Me sorprendió enormemente encontrarme con él,
puesto que había pasado más de una vez por las inmediaciones sin percatarme de
su existencia.
A pesar
de la oscuridad, tomé algunas fotos, dado que de todos los que había visto era
el que permitía hacerlo con más comodidad, ya sea de frente, al tratarse de
un amplio espacio abierto, como desde la
derecha (Jardines de Etxanobe). La oscuridad no permitió una imagen que tratase
como se merecía el conjunto, así que
inmediatamente decidí que a la mañana siguiente, antes de salir para el
aeropuerto, regresaría para tomar algunas instantáneas.
Al día
siguiente, muy temprano, con el desayuno aún en la boca, acudí al mural, y bajo
una ligera lluvia pude cumplir mi objetivo. A pesar de sus grandes dimensiones
(más de 200 m2) no me detuve en interpretaciones de lo que veía, pese a que
era más claro que los otros, menos
recargado. Simplemente traté de recoger
una bella muestra de arte urbano que posteriormente incluí, junto al resto, en
el vídeo que realicé con imágenes de mi visita.
La casualidad quiso que unas semanas más
tarde cayera en mis manos un libro bastante interesante “El silencio de la
ciudad
blanca” de Eva G. Sáenz de Urturi. La trama se
desarrolla en la ciudad de Vitoria y me atrajo enseguida el hecho de que
continuamente se nombraban lugares que conocía y que había recorrido en varias
ocasiones, incluso, dos personajes clave, residían precisamente en la calle
donde se encontraba el hotel donde me alojé.
Comencé a
leer con avidez el libro y a disfrutar capítulo tras capítulo. Precisamente en
uno de ellos hay un encuentro entre el protagonista y otro personaje, en el
momento en que este último junto a otras personas trabajaba en el mural del que
vengo hablando.
Me impactó la explicación que se recoge
sobre lo que representa el mural. Fue un verdadero descubrimiento, con gran cantidad de información de gran
simbolismo, donde yo solamente había visto dos o tres figuras que aparentemente jugaban a
las cartas y nada más.
El
mural está inspirado en un cuadro del pintor francés George de La Tour titulado
“El tahúr” o “El tahúr del as de diamantes” que debió ser pintado hacia 1635. Es
un cuadro de género en el que se retrata una escena de burdel, en la que un
tahúr y una prostituta, con la complicidad de una criada, despluman a un joven
rico, ataviado con lujo, quien no se da cuenta de que el tahúr se saca del
cinturón un as de diamantes.
En las
páginas 222 y 223 del libro, los personajes, dialogan acerca del mural y a través
de éste se ofrece una descripción y sobre todo, una interpretación detallada
del significado del mismo, en su conjunto, y de los elementos que lo componen.
-“¿Sabes de que trata este mural? (…)
-“Son tres personas jugando una partida” (…)
-“Trata
de las trampas, y de la victoria sobre ellas, y de la fidelidad” (…)
-“El
mural está inspirado en un cuadro del siglo XVII titulado El tramposo. La gran
dama, que simboliza Vitoria, está jugando una partida de cartas con un hombre,
que no solo intenta hacer trampas, sino que presume de ellas enseñándoselas al
público”
“Efectivamente,
la figura superior de la dama tenía una figura en letras góticas donde se podía
leer: Victoria, el primer nombre que
el rey Sancho IV le puso a nuestra ciudad. La figura del hombre escondía a sus
espaldas dos cartas: una con un perro y otra con tres perros. Junto a él estaba
escrita la inscripción Fraudulentus”.
-“La
sirvienta simboliza al pueblo de Vitoria, que avisa de la trampa a su señora,
con la iscripción Fidelitas”.
Por eso
he titulado esta breve reseña con el refrán “El que no sabe es como el que no ve” porque
donde solo había una imagen más o menos bella e impactante, tanto por sus dimensiones y
colorido, como por su entorno, además de
una interesante muestra de arte urbano, se escondía además un mensaje simbólico sobre los intentos del
poder corrupto de engañar a la ciudadanía, aunque siempre hay elementos que
están alerta y prestos para avisar de
este engaño.
© José Solórzano Sánchez



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