jueves, 14 de diciembre de 2017

EL QUE NO SABE ES COMO EL QUE NO VE.


“El que no sabe es como el que no ve”

 

En mi reciente visita a la ciudad de Vitoria, una de las curiosidades que más despertaron mi interés fueron los murales que adornan muchos edificios del casco viejo (o almendra medieval, como suelen denominarlo). Aunque había recabado bastante información previa sobre los lugares que sería imprescindible conocer, para tener una visión medianamente completa de la ciudad, dentro de lo que es posible realizar en una corta visita de tres o cuatro días, no encontré nada relativo a estos murales. La página web del ayuntamiento y  otras similares que consulté no hacían referencia alguna  a éstos. No obstante, a posteriori, he tenido ocasión de comprobar que existe en la red bastante información, fundamentalmente blogs, relativa a los mismos.

No me resultó  extraño el impacto que me produjeron cuando  los fui descubriendo mientras paseaba por las calles del casco viejo vitoriano. Más que sus dimensiones,  lo que me atrajo fue sobre todo, el contraste de su vivo colorido con los tonos ocres tanto de los edificios en los que se insertan  como los del entorno.

Casi todos los que descubrí se encontraban en las inmediaciones de la Torre de doña Otxanda, y algún otro en el lado opuesto del casco viejo. Todos fueron fotografiados como no podía ser menos. Sin embargo, paseando la última noche  de mi estancia por los alrededores de la catedral vieja, a modo de despedida, descubrí uno más mientras deambulaba por la calle de Santa María. Me sorprendió enormemente encontrarme con él, puesto que había pasado más de una vez por las inmediaciones sin percatarme de su existencia.

A pesar de la oscuridad, tomé algunas fotos, dado que de todos los que había visto era el que permitía hacerlo con más comodidad, ya sea de frente, al tratarse de un  amplio espacio abierto, como desde la derecha (Jardines de Etxanobe). La oscuridad no permitió una imagen que tratase como se merecía  el conjunto, así que inmediatamente decidí que a la mañana siguiente, antes de salir para el aeropuerto, regresaría para tomar algunas instantáneas.

Al día siguiente, muy temprano, con el desayuno aún en la boca, acudí al mural, y bajo una ligera lluvia pude cumplir mi objetivo. A pesar de sus grandes dimensiones (más de 200 m2) no me detuve en interpretaciones de lo que veía, pese a que era  más claro que los otros, menos recargado. Simplemente traté  de recoger una bella muestra de arte urbano que posteriormente incluí, junto al resto, en el vídeo que realicé con imágenes de mi visita.

      La casualidad quiso que unas semanas más tarde cayera en mis manos un libro bastante interesante “El silencio de la ciudad

blanca” de  Eva G. Sáenz de Urturi. La trama se desarrolla en la ciudad de Vitoria y me atrajo enseguida el hecho de que continuamente se nombraban lugares que conocía y que había recorrido en varias ocasiones, incluso, dos personajes clave, residían precisamente en la calle donde se encontraba el hotel donde me alojé.


Comencé a leer con avidez el libro y a disfrutar capítulo tras capítulo. Precisamente en uno de ellos hay un encuentro entre el protagonista y otro personaje, en el momento en que este último junto a otras personas trabajaba en el mural del que vengo hablando.

     Me impactó la explicación que se recoge sobre lo que representa el mural. Fue un verdadero descubrimiento,  con gran cantidad de información de gran simbolismo, donde yo solamente había visto  dos o tres figuras que aparentemente jugaban a las cartas y nada más.

    El mural está inspirado en un cuadro del pintor francés George de La Tour titulado “El tahúr” o “El tahúr del as de diamantes” que debió ser pintado hacia 1635. Es un cuadro de género en el que se retrata una escena de burdel, en la que un tahúr y una prostituta, con la complicidad de una criada, despluman a un joven rico, ataviado con lujo, quien no se da cuenta de que el tahúr se saca del cinturón un as de diamantes.
 
 

En las páginas 222 y 223 del libro, los personajes, dialogan acerca del mural y a través de éste se ofrece una descripción y sobre todo, una interpretación detallada del significado del mismo, en su conjunto, y de los elementos que lo componen.

-“¿Sabes de que trata este mural? (…)     

-“Son  tres personas jugando una partida” (…)

-“Trata de las trampas, y de la victoria sobre ellas, y de la fidelidad” (…)

-“El mural está inspirado en un cuadro del siglo XVII titulado El tramposo. La gran dama, que simboliza Vitoria, está jugando una partida de cartas con un hombre, que no solo intenta hacer trampas, sino que presume de ellas enseñándoselas al público”

“Efectivamente, la figura superior de la dama tenía una figura en letras góticas donde se podía leer: Victoria, el primer nombre que el rey Sancho IV le puso a nuestra ciudad. La figura del hombre escondía a sus espaldas dos cartas: una con un perro y otra con tres perros. Junto a él estaba escrita la inscripción Fraudulentus”.

-“La sirvienta simboliza al pueblo de Vitoria, que avisa de la trampa a su señora, con la iscripción Fidelitas”.

           La lectura de estos párrafos  me llevó a pensar que a veces pasamos delante de las cosas y vemos algo claro  y simple, cuando en verdad esconden una realidad  más profunda y trascendente, que pasamos por alto; evidentemente,  no es culpa nuestra, simplemente   carecemos de la información necesaria para realizar una interpretación correcta.

Por eso he titulado esta breve reseña con el refrán  “El que no sabe es como el que no ve” porque donde solo había una imagen más o menos bella  e impactante, tanto por sus dimensiones y colorido, como por su entorno,  además de una interesante muestra de arte urbano, se escondía además  un mensaje simbólico sobre los intentos del poder corrupto de engañar a la ciudadanía, aunque siempre hay elementos que están alerta y prestos para avisar  de este engaño.
 
© José Solórzano Sánchez
 

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